El Estado 51 y la demolición de la identidad republicana, por Xavier Padilla
Aun si hubiera sido formulada en broma, quizá sólo faltaba una propuesta como ésta –devenir el Estado 51 de los Estados Unidos– para movernos el suelo y dejarnos psicológicamente descolocados, obligados a mirar retrospectivamente de qué supuesta libertad y soberanía hemos estado alardeando durante dos siglos.
Porque el verdadero escándalo no consiste únicamente en la insinuación misma, sino en que haya encontrado inmediatamente terreno psicológico, discusión pública y hasta simpatías masivas dentro de Venezuela. Esa es la señal profunda del problema.
La llamada independencia republicana produjo un país tan erosionado, tan fragmentado y tan agotado históricamente que una idea de anexión extranjera ya ni siquiera aparece automáticamente como delirio imposible, sino como hipótesis discutible. Allí el mito comienza a mirarse en el espejo.
La insinuación termina funcionando como catalizador de una pregunta mucho más incómoda: ¿qué exactamente hemos construido durante dos siglos?
Quizá faltaba precisamente un golpe psicológico de esta naturaleza para obligarnos a observar de qué está hecho realmente nuestro panteón postindependentista.
¿No está acaso formado por un desfile de héroes negrolegendarios de bronce, caudillos de espuela y machete, neo-mantuanazgo republicano, capatazgo andino, petrobonanzas saqueables en democracia, vengadores galácticos y tiranías socialistas narcoterroristas?
La soberanía republicana venezolana fracasó históricamente y dicho fracaso no constituye un accidente reciente atribuible exclusivamente al chavismo.
El chavismo no representa una anomalía aislada, sino la prolongación extrema de una deformación identitaria incubada desde el propio nacimiento de la república.
Venezuela fue construida psicológicamente sobre una falsificación histórica: la idea de que Hispanoamérica era una colonia sometida a una potencia extranjera llamada España y que la independencia constituyó una liberación absoluta de aquella opresión.
Esa interpretación, repetida durante dos siglos mediante manuales escolares, símbolos patrióticos, rituales cívicos y pedagogía emocional, terminó produciendo una identidad nacional definida fundamentalmente por oposición a su propia raíz histórica.
La Provincia de Venezuela jamás fue una colonia en el sentido moderno y anglosajón que posteriormente popularizó la república. Formaba parte de la Monarquía Hispánica; compartía lengua, religión, derecho, instituciones y pertenencia política con el resto del mundo hispánico.
La ruptura del siglo XIX ocurrió dentro de una misma continuidad civilizatoria y no entre dos pueblos completamente separados.
Sin embargo, la nueva república necesitaba legitimarse. Para ello resultaba indispensable reinterpretar retrospectivamente aquella ruptura como una guerra de liberación contra un ocupante extranjero. Allí nace el núcleo psicológico de la identidad republicana venezolana.
Desde entonces el venezolano fue moldeado emocionalmente mediante una simbología obsesivamente negativa: «Libertador», «Yugo», «Abajo Cadenas», «Opresión».
Toda la arquitectura simbólica republicana gira alrededor de una ruptura permanente con España. La identidad republicana venezolana no se organizó alrededor de una continuidad histórica afirmativa, sino alrededor de una ruptura convertida en ceremonia civil permanente. Todo lo grande y glorioso de la patria lo es sólo por oposición a España.
Y ése es precisamente el problema. Una identidad construida sobre negación permanente desarrolla inevitablemente fragilidad estructural. Necesita enemigos históricos, épicas fundacionales y reafirmaciones simbólicas constantes para sostenerse psicológicamente.
La evidencia histórica resulta abrumadora. Dependencia británica durante la independencia. Dependencia financiera posterior. Dependencia petrolera. Dependencia tecnológica. Dependencia cubana. Dependencia criminal. Dependencia energética. Dependencia internacional.
La república venezolana pasó dos siglos proclamando soberanía mientras acumulaba formas sucesivas de subordinación.
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La soberanía republicana venezolana fracasó históricamente. Fracasó antes del chavismo y durante el chavismo; bajo la democracia petrolera; bajo el militarismo andino; bajo el breve liberalismo tardío de CAP II; bajo el socialismo del siglo XXI; e incluso bajo el anti-chavismo opositor.
Por eso la hipótesis de un eventual «Estado 51» posee una importancia histórica muchísimo mayor que la simple discusión pragmática sobre anexión o antiimperialismo.
Lo verdaderamente importante es que esa posibilidad rompe violentamente el mito psicológico fundacional de la república. El venezolano contemporáneo reacciona con horror porque interpreta la anexión como destrucción de la identidad nacional. Pero la identidad republicana venezolana ya nació históricamente fracturada.
Por supuesto, una anexión norteamericana no constituiría automáticamente una solución ideal ni una culminación histórica deseable. Estados Unidos también representa otra estructura civilizatoria, con enorme capacidad de absorción cultural.
Pero el mero hecho de que millones de venezolanos comiencen a contemplar semejante posibilidad revela que la legitimidad psicológica de la república venezolana se encuentra agotada.
De hecho, algo particularmente elocuente ya comienza a observarse espontáneamente en el propio imaginario popular venezolano.
Pequeñas encuestas improvisadas en redes sociales, comentarios cotidianos y conversaciones informales muestran niveles sorprendentes de simpatía hacia la idea del «Estado 51». El dato resulta históricamente estremecedor.
Significa que amplios sectores de la población ya no reaccionan desde el antiguo reflejo épico republicano, sino desde el agotamiento acumulado de la experiencia venezolana contemporánea.
Décadas de precariedad material, colapso institucional, inseguridad, apagones, escasez de agua, deterioro de servicios, inflación, migración masiva y degradación cotidiana terminaron erosionando emocionalmente la fe patriótica.
El mito republicano comienza a perder capacidad de cohesión psicológica porque la vida concreta del venezolano dejó hace tiempo de parecerse a la promesa histórica que la república aseguraba encarnar.
Y quizá allí aparezca la verdadera utilidad de esta crisis. El derrumbe del mito republicano podría actuar como demolición terapéutica de una conciencia históricamente invertida.
El colapso explícito de una identidad falsa, inducida por el relato republicano, podría abrir eventualmente la posibilidad de una reconstrucción histórica más honesta.
No hay aquí una tragedia metafísica de la idiosincrasia ni de la venezolanidad cultural. Hay el sinceramiento brutal de un fracaso histórico tras dos siglos de una amputación innecesaria.
Xavier Padilla es músico y escritor venezolano, con más de tres décadas de trayectoria internacional. Es autor del libro El ídolo que devoró a su pueblo
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