El espejismo de la independencia, por Samuel J. Pérez Hermida
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El pasado domingo, 5 de julio de 2026, a pocos días de los devastadores terremotos que cobraron un número de víctimas que tristemente crece al paso de las horas, Venezuela conmemoró 215 años de la declaración de Independencia por parte del Supremo Congreso de 1811.
Sin embargo, la brecha entre la efeméride patria y la cruda realidad geopolítica del país tal vez nunca haya sido tan profunda como en el momento presente.
Recordar la soberanía nacional en el contexto actual nos obliga a hacer un ejercicio de honestidad analítica. Venezuela no es, hoy en día, un Estado plenamente independiente; se encuentra atrapada en la compleja transición de una larga injerencia ideológico-política extranjera al actual protectorado estadounidense de facto.
Para entender el estado de la soberanía venezolana, es indispensable evaluar las dos fuerzas dinámicas que han desmantelado la autonomía real del país en las últimas décadas.
Durante más de veinte años, el proyecto chavista justificó su permanencia en el poder bajo la bandera del anti imperialismo. No obstante, la realidad concreta fue diametralmente opuesta.
Para sostenerse en el poder y contener la presión interna, el aparato gubernamental chavista le entregó los pilares del Estado a varias potencias extranjeras, con la excusa de supuestas alianzas estratégicas.
Ejemplo claro de ello fue la intervención directa de funcionarios cubanos en notarías, registros públicos, fuerzas armadas y aparatos de contrainteligencia militar y civil, que en la práctica representó una delegación directa de la seguridad del Estado a organismos de inteligencia extranjera para garantizar la supervivencia del régimen.
La soberanía económica y de recursos se hipotecó a cambio de un pretendido blindaje geopolítico y financiero. China se convirtió en el principal acreedor a través de fondos pagados con petróleo crudo a futuro, Rusia tomó posiciones de control en la infraestructura energética y de defensa, mientras que Irán intervino directamente en la gestión de la vetusta infraestructura de refinación petrolera de Pdvsa.
Bajo ese esquema, la independencia se redujo a una retórica vacía. El chavismo cambió la influencia histórica de los Estados Unidos en nuestro país por la subordinación a los adversarios de la potencia del norte, destruyendo en el proceso la capacidad de decisión propia de las instituciones venezolanas.
La drástica intervención militar de los Estados Unidos en enero de 2026, mediante la operación Absolute Resolve, derribó el equilibrio autoritario anterior, pero introdujo una paradoja desgarradora.
Aunque la salida del principal rostro del régimen abrió compuertas para la liberación de cientos de presos políticos y un alivio parcial del aislamiento económico, el «gobierno» resultante dista mucho de ser el de una república soberana. Lo que hoy experimenta Venezuela se asemeja demasiado a una tutela neocolonial o a un protectorado energético de facto.
El actual gobierno encargado y las fracciones del PSUV que supuestamente han asumido el control institutional operan bajo una asimetría de poder evidente. Washington posee un derecho de veto implícito sobre las grandes líneas de la política interna y económica venezolana.
El vertiginoso restablecimiento de las relaciones comerciales energéticas y el acceso preferencial de corporaciones estadounidenses a los recursos naturales del país exponen el núcleo del nuevo escenario político venezolano; estabilidad política superficial y flujo petrolero seguro a cambio de una estricta supervisión externa.
Ante este complejo contexto, cabe preguntarnos si Venezuela podrá alguna vez volver a ser un país soberano. En cualquier caso, jamás podrá lograrlo bajo las premisas del viejo nacionalismo romántico.
En la compleja dinámica geopolítica global de hoy, profundamente marcada por la cruda competencia por recursos críticos y estratégicos, recuperar la independencia real de Venezuela requerirá de un cambio estructural en, cuando menos, tres dimensiones.
Un Estado no es independiente solo por tener una bandera o un asiento en la ONU. Lo es cuando sus instituciones pueden administrar el territorio, proveer servicios públicos básicos y mantener el monopolio legítimo de la fuerza sin delegarlo a colectivos, mega bandas o asesores de seguridad extranjeros.
Mientras el destino financiero del país dependa casi exclusivamente de vender petróleo, ahora necesitando del visto bueno de un gobierno extranjero para poder transar en los mercados internacionales, la soberanía será simplemente una ilusión. La autonomía política real nace de la soberanía económica.
Por último, los movimientos políticos nacionales deben comprender que depender de actores externos, se trate de Beijing, Moscú, La Habana o Washington, vuelve al país vulnerable a los eventuales cambios de prioridades de esos «socios».
La legitimidad de la necesaria transición política en Venezuela debe construirse desde el tejido social interno, no negociando en oficinas extranjeras sometiéndose a los intereses de las grandes potencias.
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La verdadera independencia no tiene nada que ver con la fecha histórica que recordamos de forma romántica cada 5 de julio, ni se recuperará mágicamente solo porque un gobierno autoritario fue parcialmente removido por fuerzas militares extranjeras.
La soberanía venezolana se encuentra hoy en el punto más frágil de nuestra historia moderna, atrapada entre las secuelas del desmantelamiento institucional chavista y la realidad de una tutela neocolonial impuesta por la fuerza.
El retorno a una Venezuela verdaderamente soberana dependerá fundamentalmente de la capacidad que, tarde o temprano, pueda mostrar nuestra sociedad para construir un nuevo pacto republicano desde adentro.
Samuel José Pérez Hermida es sociólogo. Profesor UCV. Jefe (E) del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología.
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