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El diamante de las diásporas: Italia y Venezuela, por Alejandro Oropeza G.



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El diamante de las diásporas: Italia y Venezuela
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Alejandro Oropeza G. | @oropezag | marzo 28, 2026

X: @oropezag


«La identidad no es un lugar fijo, es una historia que se construye con lo que heredamos y lo que vivimos.»

Francisco Cervelli Director técnico del equipo de béisbol italiano, 2026.

En uno de los momentos más elocuentes del reciente Clásico Mundial de Béisbol USA-2026, Italia y Venezuela se enfrentaron en semifinales en un partido que trascendía lo estrictamente deportivo.

No se trataba únicamente de un duelo por el pase a la final, sino de la convergencia simbólica de dos historias migratorias que, lejos de oponerse, se entrelazaron sobre un mismo campo de juego: la extensa tradición migratoria de Italia; el bisoño e impactante proceso migratorio venezolano.

Los datos son reveladores: la selección italiana fue dirigida por el ítalo-venezolano Francisco Cervelli, nacido en Valencia e hijo de inmigrante italiano. También varios de los jugadores de la escuadra azzurra eran descendientes de la maravillosa diáspora italiana, que hizo vida y que con trabajo y pasión ayudó a construir nuestro país.

Este cruce de identidades no es algo extraño: es, en realidad, una fotografía precisa y actual del mundo contemporáneo. Italia, históricamente país de emigrantes, ha edificado a lo largo de generaciones una red global de descendientes que hoy constituye un extraordinario y pujante activo estratégico incuestionable.

La «italianidad» no se limita a la geografía peninsular, por el contrario se proyecta en millones de ciudadanos por ascendencia que, como en el béisbol, retornan efectiva y simbólicamente para representar al país y serlo, conformarlo.

Este fenómeno no solo revitaliza y dinamiza culturalmente a Italia, sino que contribuye —de manera indirecta pero significativa— a gestionar la crisis demográfica interna mediante vínculos con la diáspora global italiana, extendida por todo el mundo.

Esta diáspora se encuentra presente de manera significativa en América Latina. No es baladí que el 62% de la población de Argentina desciende de italianos, el 16% en el caso de la venezolana, el 15% de la brasileña, emergiendo entonces un maravilloso universo histórico fuera de la Italia de origen.

Nosotros, en Venezuela hemos vivido y vivimos un proceso inverso pero complementario. La masiva diáspora venezolana de las últimas décadas ha regado talento humano por todo el mundo, generando nuevas formas de integración, intercambio y afirmación, así como de reconstrucción de identidad.

Lo que antes fue una nación receptora —de italianos, españoles, alemanes y portugueses, por ejemplo, que llegaron a Venezuela en los siglos XIX y XX— hoy se transforma en un país emisor de migrantes y talentos que deja huella diversa en múltiples sociedades, ciudades y países.

Pero, en el caso de la nación azzurra, también se registra un hecho altamente relevante: la maravillosa circunstancia del «ritorno«. Sí, muchos migrados italianos regresan, y muchos descendientes de estos voltean la mirada a la madre Italia y buscan y reciben cobijo allá, con esperanza y alegría.

El caso del equipo italiano en el Clásico Mundial es paradigmático: evidencia cómo esa diáspora venezolana no solo se inserta, sino que también contribuye activamente al desarrollo de otros países, incluso en ámbitos altamente simbólicos como el deporte internacional.

La presencia de técnicos y jugadores con raíces venezolanas en la selección azzurra no debilita la identidad italiana; por el contrario, la redefine en clave global. Me disculpan la personalización, pero en ese maravilloso juego de pelota, tenía el corazón partido en dos, ya que, en efecto, soy un «ritornato» a Italia.

Mi bisabuelo era italiano, de Vibonati, en Salerno, y recién he obtenido la ciudadanía; aplaudí, grité y ligué por uno y otro equipo, lo que significa que no tenía posibilidades de perder. Esa semifinal Italia–Venezuela no fue simplemente un enfrentamiento, sino que fue una especie de espejo histórico.

De un lado, la Italia que emigró y hoy recoge en el «ritorno» y en la vida productiva de sus hijos en todo el mundo, los frutos de su diáspora; del otro, la Venezuela que, en medio de su dispersión global, comienza a proyectar su influencia más allá de sus fronteras, y a recibir sus hijos también más allá de la casa grande.

Ambos procesos convergen en una lógica común: la movilidad humana como factor de creación y oportunidades para quien llega y para quien recibe, jamás de pérdida. Dos dimensiones: la tradición, y la emergencia de lo nuevo; dos actores: los veteranos, y los que estamos aprendiendo a nuevamente ser.

El béisbol, como lenguaje compartido, permitió visibilizar esta realidad con una claridad difícil de lograr en otros ámbitos. Sobre el diamante, las categorías tradicionales de nación, origen y pertenencia se volvieron más porosas, más dinámicas, más representativas de un mundo interconectado.

Las identidades se mostraron como lo que son: pieles porosas que dan y reciben permanentemente insumos para cada día ser distintas, diversas, plurales. Es decir, asistimos a espacios de acción para construir día a día historia y hacer futuro.

*Lea también: Parte de nuestras vidas, por Gregorio Salazar

No es casual que este encuentro ocurriera en el marco de un torneo que ha crecido precisamente gracias a la globalización del deporte. El propio Clásico Mundial ha sido descrito como una plataforma clave para la internacionalización del béisbol, con una participación cada vez más diversa y transnacional.

Así, lo que vimos en ese juego fue mucho más que una semifinal: fue la puesta en escena de una nueva cartografía humana. Una en la que las identidades no se anulan, sino que se superponen y complementan; en la que la migración no fragmenta, sino que conecta.

Italia y Venezuela, en ese campo, no eran adversarios absolutos. Eran, en cierto modo, capítulos distintos de una misma narración histórica: la de pueblos que migran, se integran y construyen sociedades, se transforman y, eventualmente, siempre vuelven a encontrarse.

Alejandro Oropeza G.: Residenciado en L’Aquila, Abruzzo, Italia. Es CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana, doctor en Ciencia Política, analista político y escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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