El día que nos alcanzó la guerra, por Ezequiel Querales
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Tan impensable ha resultado lo acontecido en Venezuela la madrugada del 3 de enero, que muchos lo comparan con un ataque extraterrestre y la gente no se cansa de describirlo de mil maneras.
Sí, la fatídica guerra de todos los tiempos nos visitó de madrugada, atronadora, imbatible e imperturbable, dejándonos sin vista y sin aliento, restregándonos ante nuestras narices sus demoledoras fauces.
Y sin darnos tiempo a levantarnos de las camas, sin al menos permitirnos desprendernos del acogedor arrullo de Morfeo, descargó sus letales dosis destructivas y estruendosas ondas expansivas de pánico y terror, convertidas en llamas y polvorín.
Apenas percibimos su paso raudo y veloz por el nublado cielo de Caracas, en un lejano y confuso celaje de aviación, en nuestra aturdida imaginación.
Expectación que se hizo más palpable ante la cercana presencia de drones y helicópteros de combate volando a baja altura, en el momento previsto para tocar tierra y completar la captura, detención y el traslado a bordo seguro de Maduro y compañía.
Lo asombroso de este espectacular episodio, digno de un ataque de La guerra de las galaxias, es que el impenetrable escudo aéreo de radares antimisiles espaciales con láseres y satélites, de fabricación rusa, china e iraní, del que tanto se alardeó como la blindada e imbatible protección territorial, nunca funcionó.
Dejó en evidencia su obsolescencia y la absoluta superioridad del poderoso Usa-arms. En tiempo real se supo al instante a nivel global que fue una incursión aeronaval impecable, fuera de serie.
La muy nombrada «Operación Determinación Absoluta», que integró asombrosamente la más sofisticada tecnología aeronaval e inteligencia de guerra jamás soñada, no solo neutralizó toda ofensiva, sino que dejó al mundo «mirando pa’l cielo».
Es cierto que guerra avisada no mata soldados. Y la que nos tomó por sorpresa fue advertida muchas veces, hasta de manera «no deseada» por la vía de la concertación diplomática. Pero nunca se le atendió.
Lejos de buscarse salidas pacíficas para evitarla, del lado revolucionario, «antiimperialista, rodilla en tierra», envalentonado por la soberbia y tal vez confiados en el «chanchullo» chino-ruso-iraní, se prefirió apelar a las amenazas y a la mofa grotesca por las redes sociales, con bailes burlescos, como si se tratara de «un jueguito de carritos chocones».
El balance local es sencillamente desolador. Solo se han reportado víctimas fatales del lado venezolano. Y se reconoce públicamente que los muertos los pusieron los cubanos del cerrado anillo presidencial.
A nivel internacional, la conmoción no ha podido ser más portentosa. Un tsunami de noticias, opiniones, análisis y duros cuestionamientos empiezan a dar un brusco giro a la geopolítica mundial. Y de paso, vuelven a colocar a EEUU en el odiado rol de «gendarme necesario» de occidente y del mundo.
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Y la «dulce venganza» del chavismo es su frenético protagonismo, esta vez a expensas de EEUU, pues con la espectacular captura, Cilia y Maduro pasan a ser los prisioneros más universalmente nominados.
Ezequiel Querales V. es periodista y analista político
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