El día en que falló el miedo, por Luis Ernesto Aparicio M.
A pesar de los contratiempos que se han vivido antes y durante el proceso electoral en Perú, la democracia parece tomar un nuevo respiro en el viejo continente. Con el resultado de las elecciones en Hungría, el panorama comienza a ofrecer cierta tranquilidad -aunque nunca suficiente como para bajar la guardia- a quienes seguimos pensando que, con todos sus defectos, la democracia liberal continúa siendo el mejor modelo de gobierno conocido.
El mensaje ha sido claro: el populismo y sus representantes del ala ultraconservadora comienzan a encontrar límites en sus pretensiones de eternizar el control sobre las instituciones que precisamente hacen posible la democracia. El hasta ahora gobierno húngaro, sostenido durante años sobre una compleja red de control político y corrupción, habría sufrido una derrota por intermedio de aquello que en otros artículos he definido como el voto en soledad.
Sí. Las urnas estarían desalojando a un sistema construido durante más de una década y media, convertido en espejo para muchos de los proyectos iliberales que hoy intentan expandirse en distintas regiones del mundo. Un modelo que fue desmontando progresivamente los contrapesos institucionales para subordinar el Estado a una sola visión del poder.
Fueron años marcados por denuncias de corrupción, después de haber llegado al poder con promesas de justicia, libertad, reducción de impuestos, impulso al empleo y rescate de la identidad nacional; un repertorio que hoy resulta familiar en buena parte del populismo contemporáneo.
Sin embargo, el entramado clientelar y los beneficios concentrados en torno al poder terminaron produciendo un profundo desgaste social. Y ese desgaste, en ocasiones, termina encontrando en las urnas una vía para expresarse sin necesidad de recurrir a la violencia.
Los resultados dejan una lección importante: incluso los sistemas que parecen invencibles pueden comenzar a erosionarse desde dentro. Muchos gobiernos de este tipo se sienten seguros por las redes de propaganda y miedo que construyen, pero con frecuencia esa misma sensación de invulnerabilidad termina jugando en su contra.
El sistema que permite a un autócrata mantenerse en el poder puede también engendrar, con el tiempo, las condiciones para su propio debilitamiento. Pero para que eso ocurra no basta el desgaste del poder: también cuentan la organización, la unidad y la persistencia de quienes lo enfrentan.
Usted podría pensar que esta experiencia confirma que el voto puede poner fin a un gobierno autoritario. Y tendría razón. Pero el punto central no es ese. El problema es creer que la mera existencia del voto equivale automáticamente a democracia y no porque no esté claro, sino que la propaganda desde el autoritarismo le ha sembrado la duda sobre su verdadero papel en la democracia liberal.
Los autócratas rara vez eliminan las elecciones. Por el contrario, suelen preservarlas para exhibir una apariencia democrática ante el mundo. Lo que hacen es transformar lentamente todo lo que rodea al acto electoral: modifican circunscripciones, presionan a los medios, debilitan árbitros institucionales y convierten al Estado en un actor militante.
En esos sistemas todavía se vota, sí, pero el terreno ya no es el mismo. Se han manipulado los sistemas electorales al término de alterarlos para que sean unos pocos votos los que les continúe asegurando su permanencia.
Desde esa perspectiva, lo ocurrido en Hungría puede ser leído como una advertencia más amplia. Mientras en Europa algunos sectores comienzan a reaccionar frente al desgaste democrático, en América Latina muchos de los nuevos referentes del ultraconservadurismo apenas comienzan a aprovechar las libertades que la propia democracia les ofrece para intentar vaciarla desde dentro.
*Lea también: Avances y retrocesos de la democracia en América Latina, por Marino J. González R.
No obstante, llegará inevitablemente un momento en que ese mismo espejo también se vuelva incómodo para ellos. Y cuando eso ocurra, será la sociedad organizada -junto a partidos capaces de entender el tiempo político- la que tendrá la responsabilidad de impedir que el deterioro continúe y restaurar una democracia más robusta y apreciada con todo y, como ya he dicho, con todas sus imperfecciones.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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