El cuarto de los santos, por Marcial Fonseca
La verdad es que estaba muy preocupada por la situación; ella no sabía qué hacer; y las causas eran sencillas y venían en par. La primera, tenía miedo de la reacción del hombre; y la segunda, a la de su marido. Este era un hacendado cafetalero que nunca, hasta donde sabía su mujer, nunca en su vida había tenido una pelea, ni siquiera una desavenencia con alguien; y de paso, en la cama, siempre estaba bastante dormido cuando el intruso se introducía a la casa; que ya lo había hecho varias veces.
La señora sabía que entraba fácilmente por la puerta de campo, pasaba por el corredor y llegaba hasta el cuarto principal, el único habitado, ya que vivían ellos dos nada más en la vivienda.
Una vez dentro, cuando sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, él inmediatamente ponía en marcha su rápida rutina: ubicaba la silla donde el marido había puesto sus pantalones, con la billetera dentro; extraía de esta casi todos los billetes, dejando algunos para que el dueño no echara de ver el robo.
La esposa pensó, después de dos visitas, esconder los pantalones, pero lo descartó por la posible reacción del delincuente. Luego de varios días, la mujer se percató de que las visitas eran solo cuando su esposo había estado jugando ajiley en Duaca, por lo que seguro era casi seguro de que habría plata disponible en los bolsillos.
Ella desechó la idea de hablar con su esposo y decidió tenderle una trampa al ladrón. Este llegó; esta vez se consiguió con una luz prendida en una sala aledaña a la cocina; él no se había fijado en esa puerta, quizás porque pensó que era un baño.
Ese día entró primero al cuarto desconocido, luego revisaría la cartera. Craso error, la luz provenía de unas dieciocho velas dispuestas en una distribución triangular pascalina. No sabía qué pensar de ese santuario; pero se dijo a sí mismo que algo de valor debía haber allí, quizás un crucifijo de oro o un Negro Primero de plata.
La señora de la casa se levantó, su compañero seguía profundamente rendido; ella se acercó a la puerta, pronunció y gesticuló un ensalmo y la cerró. El grito descomunal que se oyó es de lo que los médiums llaman grito aspirado; los efectos de este alarido es que el miedo que se siente es más aterrador.
El delincuente sintió que le faltaba el aire y se desplomó. Ya estaba en el otro lado.
*Lea también: El mito de Boves: La venganza que engendró el desprecio, por Rafael A. Sanabria M.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo





