Dos Navidades latinoamericanas, por Fernando Rodríguez
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América Latina vira hacia la derecha y hacia la ultraderecha. Quedan residuos de progresismo (México, Brasil, Uruguay y, hasta nuevo y oscuro aviso, Colombia) y, ahora, nada menos que bajo la batuta y el inmenso poder de Donald Trump, alias el siniestro Ego First.
O sea que el panorama inmediato es feo; déjese de feliz año y esas pistoladas. Dos casos paradigmáticos de los nuevos tiempos acaban de suceder. El más dramático y paradójico es el de Chile.
Chile es, junto con Brasil, lo más próspero del subcontinente. Bien dotado por la naturaleza, con envidables índices económicos y con una tradición política como pocas entre los vecinos. Es un país culto que, con Brasil, monopoliza las universidades relucientes en la opacidad ambiente; gente educada y seria, a lo mejor en demasía.
Había sido gobernada hasta ahora por un joven revolucionario tan decente y equilibrado que llegaron a respetarlo en la derecha y en la izquierda mundial. Bueno, como se sabe, ha ganado no la apacible derecha tradicional, que alternaba el poder con la izquierda sin mayores problemas, sino un verdadero fascismo, y no es hipérbole.
El actual ganador es «genéticamente» nazi, es un decir, y ha sido apoyado por el partido pinochetista; oyó bien, pinochetista, o sea, de Pinochet. Afuera el canalla se había convertido casi en el arquetipo del déspota cada vez que se discutía sobre tiranías.
Es algo así, compatriotas, como que un partido perezjimenista surgiera apoyando al próximo presidente venezolano o venezolana cuando lo hubiese, descontando que el general era más bien tonto.
Los analistas dicen que la inseguridad fue un factor fundamental para el éxito electoral del gorila, pero resulta que Chile es el país más seguro del subcontinente. Al parecer fueron los medios — ¿cuándo no?— los que inflaron unos pocos crímenes poco usuales en el muy sobrio país. A calárselo.
Después de batir, como se sabe, récords de dilación de escrutinios electorales, ganó por milímetros el candidato del hondureño de corazón Donald Trump. No solo lo había apoyado, sino que había sugerido premios y castigos por los resultados. Reaccionario, por supuesto, se le conoce como «Papi a la orden».
El segundo, llamado «El señor de la televisión», es no menos reaccionario. Y por si fuera poco, al inigualable luchador mundial contra las drogas se le ocurrió indultar al expresidente de la misma Honduras de su corazón, Juan Orlando Hernández, condenado por la justicia norteamericana a 45 años de cárcel por narcotraficante. Debe ser por el mismo insano amor.
*Lea también: Los futuros de América Latina y el Caribe, por Marino J. González R.
Como se ve, tenemos una nueva instancia electoral capaz de meterse, en comicios y en lo que le dé la gana, en su nuevo y recién estrenado patio trasero para acabar de redondear nuestros destinos.
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