Dos errores que no pueden cometer las fuerzas de cambio, por Gonzalo González
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Los terremotos del 24 de junio fueron un acontecimiento sobrevenido, que como todas las catástrofes naturales de gran envergadura, ha supuesto por sus efectos y consecuencias un agravante a la emergencia humanitaria que padece el país, y alterado un tanto la dinámica precedente.
En primer lugar, porque puede postergar la apertura efectiva del proceso de negociación a cargo de las dos asambleas nacionales. Es también evidente, que a pesar de que el Rodrigato ha salido dañado, todavía más, en su estima en la sociedad, lo ocurrido le suministra mayor continuidad en el poder delegado por Estados Unidos.
El primer error que no deben cometer las fuerzas de cambio es posicionarse en el rol que no les corresponde. No pueden actuar como si fuesen los responsables de resolver los desafíos dejados por la catástrofe o ser percibidos por la sociedad como obstaculizadores o saboteadores de las prioritarias labores necesarias de acometer pos seísmos –por privilegiar agendas particulares, narrativa que pretende instalar el régimen para desviar la atención sobres sus deméritos al respecto–.
Pero sí de contribuir con una actitud constructiva y vigilante ante el proceso de reconstrucción tanto de las vidas de los afectados como de las infraestructuras y edificaciones de todo tipo y para que ese proceso no devenga en un fraude, ni sea pasto de la corrupción y el despilfarro siempre presentes en la gobernanza chavista.
El otro error a evitar es contribuir a una ruptura con la Administración Trump por no saber gestionar de manera acertada las evidentes diferencias existentes en relación al manejo de los tiempos relacionados con la ejecución el Plan Rubio –en particular con el comienzo de la tercera etapa: la transición a la vigencia efectiva de la Constitución y la relegitimación de los poderes públicos nacionales–, a su valoración excesiva de la gestión del Rodrigato, a sus comentarios humillantes respecto de la situación real de los venezolanos y último, pero no menos importante, al desconocimiento práctico del liderazgo de María Corina y su consecuente marginación e impedimento a su necesario y justo regreso al país.
Esto no supone subordinarse caninamente –como lo hace el chavismo, arriando vergonzantemente sus banderas e identidad– a Washington. Supone sí, actuar con el realismo y pragmatismo que impone el contexto político –siempre se ha dicho que la ruta a la victoria no es sencilla y comporta tragar sapos–.
Se debe seguir reivindicando y presionando con todos los medios posibles para que EEUU facilite y auspicie sin dilación ni ambages la tercera etapa del Plan Rubio. Además, de continuar construyendo fortaleza política y musculatura orgánica a lo interno.
¿Qué hacer y cómo para que Estados Unidos entienda que solo con una sociedad próspera, justa y libre consecuencia de estar gobernada por un gobierno emanado de la soberanía popular el Estado venezolano dejará de fallido y forajido y por tanto volver a ser un aliado sólido y sostenible con la capacidad de generar confianza y facilitar inversiones de largo aliento y recuperar su condición de socio comercial de envergadura –como en los tiempos pre chavistas– y de paso, reducir sensiblemente los incentivos para que la gente emigre?
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La respuesta a ese interrogante no es sencilla de formular ni de concretar, pero no hay otra opción que responderla asertivamente. Ella colide con intereses poderosos aquí y en EEUU; también con la visión autoritaria del ejercicio del poder y con el paradigma neo imperialista en el formato de la Guerra Fría reciclado por el trumpismo que entiende la supremacía más como sumisión pura y dura que como hegemonía.
Creo conveniente llevar ese debate a la opinión pública, académica, y a los cenáculos del poder político y empresarial de los EEUU con el objetivo de tratar de crear una matriz de opinión favorable a la puesta en marcha de la tercera etapa del Plan Rubio.
Gonzalo González es politólogo. Fue diputado al Congreso Nacional.
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