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Doctores y «doctores», por Tulio Ramírez



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Doctores y "doctores"
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Tulio Ramírez | @tulioramirezc | junio 14, 2026

X: @tulioramirezc


Recuerdo que en mi época juvenil se le llamaba Doctor a todo aquél que hablaba bien y vistiera paltó y corbata. Y no era por una suerte de auto percepción «pordebajista», sino por signo de respeto a quien se comportaba como una persona culta, aunque en realidad no hubiese estudiado absolutamente nada.

Por supuesto, igual trato se le daba a todo el que usaba bata blanca, sea médico, odontólogo, psicólogo, bioanalista o farmaceuta. La condición de salvadores de vida suponía mucho tiempo de estudios, por lo tanto, un respeto especial. Hasta al optometrista de la óptica de la esquina, que no sé por qué usaba bata blanca, también le llamaban Doctor.

Esa era, y sigue siendo, una costumbre generalizada en nuestros países. Se les llama «Doctor», con independencia de si poseían solo el título de pregrado o el título de Doctor. Igual sucedía con los abogados.

Esto, más que un desliz lingüístico, que indudablemente lo es, es el resultado de la evolución en América Latina de las instituciones coloniales, las Reales y Pontificias Universidades, y la legislación republicana del siglo XIX.

Durante el período colonial, la Corona española fundó en el Nuevo Mundo, universidades bajo el modelo de la Universidad de Salamanca. Con ese referente fueron creadas la Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima, la de México o la Universidad de Caracas, entre otras.

En estas universidades, las disciplinas se dividían en facultades menores (Artes, Filosofía) y Facultades Mayores (Teología, Derecho y Medicina). Los que egresaban de las Facultades Mayores completando el ciclo más alto, recibían formalmente el título académico y la borla de Doctor. No era para menos, salvaban vidas, la libertad y el alma.

Con la llegada de las repúblicas independientes en el siglo XIX, las estructuras universitarias se reorganizaron, y surgieron leyes de ejercicio profesional. Por ejemplo, para ejercer la medicina, the derecho y la farmacia de forma legal, el Estado y las universidades exigían la presentación de una tesis pública al finalizar la carrera, otorgándose el grado de «Doctor en Ciencias Médicas», «Doctor en Leyes» o «Doctor en Farmacia y Bioquímica». Un proceso similar ocurrió con la odontología al separarse de la medicina general.

Aunque a mediados del siglo XX las reformas universitarias estandarizaron los títulos de tercer nivel hacia denominaciones más específicas como «Médico Cirujano», «Odontólogo», «Farmacéutico», «Abogado» y «Licenciado», la costumbre de más de un siglo ya había moldeado el lenguaje social.

Ahora bien, debido a las estructuras fuertemente jerárquicas y estamentales que se impusieron desde la colonia, el común de la gente le asignó al Título de Doctor una connotación no precisamente académica. Se utilizaba como signo de respeto, autoridad y, sobre todo, de distancia social.

Esta historia la cuento para tratar de entender la raíz histórica del significado que se la ha dado a la palabra Doctor fuera de los ámbitos académicos. Este análisis histórico y sociológico me ha permitido comprender la naturaleza del «error» semántico. De igual manera, también me ha servido para entender, por retruque, el interés de algunas personas por hacerse doctores «a juro y cómo sea».

Esto último no es criticable, todos tienen el derecho a obtener ese grado. Afortunadamente no estamos en la Colonia donde solo los de piel clara, buen apellido y mucho dinero podían aspirarlo. Hoy basta con que prive la vocación académica, el interés por la investigación y los recursos para pagar la matrícula, para iniciar estos estudios de cuarto nivel.

Tampoco es criticable hacerse doctor solo para pavonearse y «chapear» socialmente. Si implicó un esfuerzo intelectual y una Tesis Doctoral rigurosamente hecha y que aporta conocimiento significativo, es totalmente válido y legítimo, aunque se perciba como un interés un tanto vanidoso y arrogante.

Otra cosa muy diferente es obtener el Doctorado sin esfuerzo alguno y eludiendo los rigores y exigencias propias de este tipo de estudios. No me refiero solo a los que se compraron un Título falso (nueva moda en este país), sino a aquéllos que se han inscrito formalmente en algunos programas doctorales que se ajustan a «las necesidades del cliente».

*Lea también: El cambio represado, por Gregorio Salazar

De acuerdo a denuncias que han salido en los medios, en algunas «universidades» se obtiene este Título en tiempo record y sin exigencias de asistir a clases. En el mejor de los casos, se presentan como Tesis Doctorales, autobiografías, «reflexiones» de 30 páginas o temas de composición sin dibujo sobre lo que hicieron en la última Semana Santa. Por supuesto, mucho más grave es cuando ni siquiera se presentan Tesis.

Esta nueva especie de «doctores», no han hecho ni harán investigación, ni han escrito ni escribirán artículos en revistas académicas. Simulan ser especialistas, engolan la voz para referirse a autores que nunca han leído, imprimen tarjeticas con el PHD pegado al nombre y hasta se les ve fumando pipa; cuando hasta ayer, compraban la Gaceta Hípica y cigarrillos al detal en el Quiosco de la esquina del ministerio.

 

Tulio Ramírez es abogado, sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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