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Desesperados por la libertad, por Gustavo J. Villasmil Prieto



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Desesperados por la libertad
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Gustavo J. Villasmil-Prieto | @gvillamil99 | enero 24, 2026

X: @Gvillasmil99


«Nuestra desesperación por la libertad es, en el fondo, una desesperación de nosotros mismos. Porque la libertad no es un don que se recibe de fuera, sino una conquista que se realiza por dentro…»

Luis Beltrán Guerrero, Candideces (1964)

Náufragos desesperados por la libertad. Eso somos. En veinticinco años de lucha en solitario, carentes de la solidaridad que a tantos en su día prodigamos, los venezolanos lo dimos y lo perdimos todo.

En las aguas de la historia reciente flotan los restos de tan dramático naufragio: la economía venezolana ha retrocedido niveles de 1968, produciendo hoy el mismo valor real que hace casi seis décadas, pero con el triple de bocas que alimentar.

Con un PIB nominal de $82.000 millones, según el FMI, el país pasó de potencia regional a tener el tamaño económico de naciones como Guatemala, con la mitad de nuestra población, o como la República Dominicana, con menos de la décima parte.

El 80% de la riqueza nacional se quemó en una década, transformando la infraestructura diseñada para un gigante petrolero en una cáscara vacía sostenida por el sector informal y flujos ilícitos. Es, en esencia, la supervivencia de 28 millones de personas con los recursos que en los años 60 alcanzaban para apenas 10 millones.

La dolarización de facto y el éxodo se convirtieron en tablas de salvación para todo un país. La promesa venezolana de progreso terminó degradándose a un arreglo en el que una élite perversa buscó refugio en burbujas de consumo suntuario.

Mientras tanto, las grandes mayorías sobreviven en la miseria y ocho millones de los nuestros van hoy por el mundo como parias, humillados en Lima o en Santiago cuando no recibidos a balazos en Trinidad o cazados como animales por el ICE en ciudades estadounidenses.

La represión sistemática se hizo política de Estado: tortura y detenciones arbitrarias para anular toda disidencia, sumado a una emergencia humanitaria que priva a la población de derechos básicos como la alimentación y un mínimo de asistencia médica.

Un sistema en el que la justicia ha desaparecido para convertirse en una herramienta de persecución, haciendo del país el principal foco de violaciones de derechos fundamentales del hemisferio. Los venezolanos hemos combatido por la libertad con una persistencia que dejará una marca indeleble en la historia del siglo XXI.

Se ha enfrentado una de las represiones más feroces del continente en una gesta civil que desafió a un aparato estatal militarizado durante más de dos décadas sin más defensas que sus banderas y sus escudos de cartón. ¡Para que nos vengan ahora con sus charlas de café las «izquierdas caviar» de Europa y Estados Unidos!

Lejos de la sumisión, la sociedad venezolana ha protagonizado ciclos épicos de rebelión —2002, 2007, 2014, 2017 y 2024— enfrentando ráfagas de represión saldadas con cientos de asesinados, miles de presos políticos y la proliferación de centros de tortura documentados por la justicia internacional.

El combate también se ha dado en las urnas, donde el ciudadano ha convertido el voto en un acto de insurgencia pacífica, llegando incluso a rescatar y digitalizar pruebas de su voluntad popular frente a fraudes masivos.

Este esfuerzo no ha sido gratuito: ha costado el desmantelamiento de la familia venezolana y el exilio de millones, configurando una nación que, aunque herida y bajo un control social asfixiante, se niega a normalizar la tiranía, manteniendo viva una lucha que hoy es el principal expediente de crímenes de lesa humanidad en el hemisferio.

Apenas comenzaba el año cuando, exhaustos y rotos, los venezolanos nos despertamos una madrugada encendida con los bombazos ordenados desde el Norte. «¡Por fin, se acabó esta vaina!», exclamaron los vecinos por mi cuadra.

Desde el 3 de enero el regocijo se ha hecho norma que obliga a mostrarse hiperfeliz ante los hechos, sin atisbar tan siquiera a lo que nuestra desesperación por ser libres podría conducirnos. No seríamos los primeros en errar crasamente en ello.

Ese mismo ciclo de desesperación y de entrega caracterizó el colapso de las grandes democracias liberales durante el siglo XX. Ocurrió en la España del 36, cuando intelectuales liberales de la talla del gran Gregorio Marañón aplaudieron el alzamiento de Franco horrorizados por el caos y el despotismo de la anarquía republicana.

La fuerza se les apareció como un salvavidas frente a la anomia, como les pasa a tantos de nosotros cada vez que se asoma la proa del USS Gerald Ford. Lo demás es historia: Franco se quedó 40 años y todavía hay quien escarba buscando los huesos del padre o hermano en fosas comunes.

La historia de la libertad, nos dice Luis Beltrán Guerrero, es la crónica de una búsqueda agónica. En tanto que náufragos desesperados por ella, el venezolano, abandonado a la deriva por sus dirigentes en un mar de incertidumbres, boga con sus escasas fuerzas abrazado a una tabla de salvación, venga de donde venga.

Pero Guerrero lanza una grave advertencia: en ese estado de naufragio, corremos el riesgo de cambiar nuestro anhelo de libertad por una seguridad ilusoria, entregándonos ciegamente a un nuevo despotismo que, bajo el disfraz de la redención social y económica o del orden necesario, termine por ponernos cadenas y cepos nuevos.

La señora Leavitt ha puesto en claro ante todos nosotros el listado de las prioridades estadounidenses en lo sucesivo: primero, el petróleo; la democracia, «algún día». La lista la encabeza la reforma a la Ley de Hidrocarburos.

Los nuevos libertadores nuestros llegaron hablando de petróleo —de «su petróleo»— antes que de soltar a los presos. Porque de la sufrida Venezuela parece importar más lo que guarda bajo la tierra que las vidas de quienes sobre ella aún respiran.

*Lea también: Reforma petrolera abre espacio a privados, reduce controles y flexibiliza regalías

La libertad, una vez entregada a cambio de una promesa de orden —ya lo hicimos en 1998— no se recupera fácilmente. Los que creyeron en apelar a la fuerza externa como escudo puede que terminen abriéndole la puerta —advierte Guerrero— a un nuevo despotismo que no admite socios, sino súbditos.

La imagen de portada fue creada con IA

Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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