Descanso en el parque, por Marcial Fonseca
Paseaba tranquilamente por entre la arboleda, aunque en verdad lo que hacía era pensar que se le acercaba la hora de retirarse. Ya frisaba los setenta y ocho años, de los cuales cincuenta y cinco fueron dedicados a la parroquia de su pueblo natal.
Se sentó en un banco a recordar su vida. Desde cinco años de edad tuvo contactos con el mundo religioso gracias a una tía que se lo llevaba como acompañante a la misa dominical. Él quedó encantado, rápidamente supo cómo seguir todo el ritual, además de que se sentía muy bien asistiendo en la eucaristía.
Una vez vio a unos niños que sobresalían por lo pulcro de su vestimenta. Le preguntó a la tía por qué vestían así, ella le explicó que eran primeros comulgantes; luego, por supuesto, le dio una lección de qué era la comunión: en palabras sencillas era aceptar a Dios y al Señor en su corazón; y de que a este lo veremos nuevamente en la Parusía. Esto le gustó; y se dijo a sí mismo que él seguiría ese camino.
Averiguó más y el año siguiente le tocó recibir a Jesucristo; sintió una gran emoción; a partir de ahí, buscaba la hostia todas las semanas en la misa dominical.
Ya adolescente, recurrió a sus padres para que averiguaran cómo ingresar al Seminario de Barquisimeto. Quizás por la época (mucha propaganda ñángara o la revolución de la minifalda), fue admitido. Dos años después ya usaba hábito; y sentía especial placer en asistir a la misa de su pueblo ensotanado.
Terminados los estudios, fue asignado como diácono a la iglesia de Duaca y prontamente se sumergió en el tejido social local. Su labor fue tan importante que el Arzobispo de Barquisimeto lo felicitó. Luego tuvo un gran éxito creando un programa de becas para jóvenes huérfanos; el fondo para las ayudas provenía de los comerciantes locales.
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De Duaca fue transferido a Maracaibo; aquí se encargó de la pequeña iglesia de Sabaneta. Le fue fácil acceder a la cárcel donde se destacó por su labor entre los presos; empezó a tener fama de milagrero por infundir fe y alegría de espíritu a los reclusos; estos consideraban un milagro cumplir la condena. Antes de la llegada del sacerdote, el cincuenta por ciento de ellos terminaban asesinados dentro del recinto penitenciario; ahora, apenas un diez por ciento.
La semana anterior el Arzobispo lo había llamado para informarle de que su jubilación había sido aprobada y que por sus méritos y trayectoria le habían concedido el privilegio de escoger en qué parroquia viviría su retiro. No se tomó mucho tiempo en dar su respuesta: en la de Barquisimeto.
Se sentía cansado, somnoliento, los ojos se le cerraban solos. Una niña de unos seis años lo vio y caminó hacia él y se ofreció a llevarlo a su casa; creía que estaba frente a un cualquiera; ella no sabía nada de vestimenta franca sacerdotal.
–¿Y tú crees que puedes llevarme? –preguntó él–, ¿crees que eres lo suficientemente fuerte?
–No se preocupe, no creo que usted pese más que mi papá rascao en el sofá; y yo ayudo a mi madre a llevarlo al cuarto.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
Imagen de portada creada con IA
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