Democracia: del ideal al olvido, por Luis Ernesto Aparicio M.
En tiempos tan convulsos como los actuales, resulta inevitable detenerse a observar el deterioro de un orden político que, con todas sus imperfecciones, logró consolidarse durante más de ocho décadas en buena parte del mundo.
Me refiero a ese entramado de libertades, equilibrios y controles que tuvo en la democracia su principal valor y su mayor promesa. No es la primera vez que dedico líneas a este tema, pero sí una de las ocasiones en que su debilitamiento resulta más evidente y, al mismo tiempo, más inquietante.
Hoy, el retroceso democrático ya no se expresa únicamente en hechos o decisiones autoritarias, sino también —y quizás con mayor gravedad— en el lenguaje.
Basta revisar discursos, entrevistas y declaraciones de líderes políticos en distintas latitudes para notar una ausencia llamativa: la democracia ha dejado de ser un horizonte explícito. No parece haber sido derrotada en una confrontación abierta; más bien está siendo deliberadamente omitida. Y eso, en términos políticos, es aún más preocupante.
Hasta no hace mucho, incluso quienes no practicaban la democracia se sentían obligados a promoverla. Era una referencia obligada, un punto de llegada, aunque fuera retórico. Hoy, ni siquiera eso.
La palabra se diluye entre conceptos más cómodos y funcionales: estabilidad, orden, gobernabilidad, normalización. Términos que pueden sonar razonables, incluso necesarios, pero que rara vez incluyen garantías reales de derechos, participación o control ciudadano.
No deja de ser paradójico que, durante décadas, corrientes ideológicas de izquierda —incluidas aquellas de inspiración socialista— intentaran reconciliarse con la democracia, dando lugar a fórmulas como el socialismo democrático o la democracia social.
Hoy, en cambio, la tendencia parece ir en sentido inverso: se presenta a la democracia como un sistema lento, conflictivo y poco «eficiente», especialmente frente a soluciones autoritarias o tecnocráticas que prometen resultados rápidos. A este escenario se suma un ciudadano agotado, desencantado, que ya no la exige con la misma fuerza, mientras el poder, cómodo en esa fatiga social, deja de ofrecerla.
El caso venezolano no debería verse como una excepción, sino como un síntoma. Se habla insistentemente de transición, pero rara vez se define el modelo. Se mencionan fases, acuerdos y salidas negociadas, pero se evita nombrar con claridad el sistema político al que se aspira llegar.
Se invoca la paz, pero no los derechos que la sostienen. Incluso dentro del propio liderazgo opositor —proclamado o autoproclamado— la democracia ha sido desplazada del discurso, sustituida por apelaciones genéricas a la libertad, como si esta pudiera existir al margen de un sistema democrático, institucional y perfectible.
Esto resulta especialmente preocupante porque la democracia, aún agotada y erosionada, sigue siendo el único marco que permite corregirse a sí mismo. Como recordaba Winston Churchill, es «el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás».
Renunciar a ella no implica superar sus fallas, sino abrir la puerta a formas de poder que no admiten corrección, control ni disenso. De allí que la pregunta no sea menor: ¿qué significa que ya casi nadie hable de democracia cuando se habla de Venezuela —y del mundo—?
Tal vez el mayor riesgo no sea que la democracia fracase, sino que deje de importarnos. Que aceptemos la idea de que sus defectos pueden resolverse mediante un autoritarismo vigilante, controlador y represivo, dispuesto a ofrecer respuestas simples a problemas profundamente complejos.
Cuando miramos hacia otro lado ante estas señales, no estamos eligiendo estabilidad; estamos aceptando un intercambio peligroso: menos libertad a cambio de una promesa de orden. Y la historia reciente demuestra que ese tipo de trueque casi nunca termina bien.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.





