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Del Panther al Iwo Jima: fracaso y vergüenza de una nación, por Gustavo J. Villasmil P.



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Del Panther al Iwo Jima: fracaso y vergüenza de una nación
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Gustavo J. Villasmil-Prieto | @gvillamil99 | enero 10, 2026

X: @Gvillasmil99


Me invade una angustia que no sé cómo nombrar. Caracas, mi ciudad, se ha convertido en símbolo de vulnerabilidad.

En mi mente se superponen las escenas de hoy con las que imagino de aquel diciembre de 1902, cuando los cañones europeos apuntaron contra nuestras costas y un Cipriano Castro denunciaba a «la planta insolente del extranjero».

Aquella frase, que parecía condenada a los manuales de historia, regresa ahora como un eco doloroso, como si la humillación nacional venezolana fuera un ciclo diabólico que nunca lograremos romper.

La vergüenza me atraviesa como ciudadano: no supimos evitar que la corrupción y la degradación institucional nos condujeran al fracaso como proyecto  nacional dejándonos a merced de una potencia extranjera. No supimos detener esto en el 98 ni en el 2002, cuando aún era posible.

En apenas tres horas pasamos de cuna de la libertad americana a republiqueta bananera. No hay regocijo posible en la impotencia nacional, como tampoco sosiego al constatar que la soberanía venezolana terminó convertida, una vez más, en concepto frágil y retórico.

He militado en la resistencia al chavismo por más de 25 años, desde que vi a empresarios, dueños de medios, académicos, intelectuales y clérigos ir a postrarse ante el oscuro jefe golpista del 4F convertido de la noche a la mañana en «rock star» de una sociedad de resentidos ávidos de venganza.

Aquellas élites políticas que ayer se le rindieron a Chávez, bien por cálculo o por conveniencia, son tan responsables de nuestra humillación patria de hoy tanto como los saqueadores de chaquetica roja y los hombres de la Delta Force. De estos últimos, ¡hay quien dice que habría que estarles hasta agradecidos!

Pero he aquí la paradoja: esas mismas élites culpables de ayer y de hoy, son también las llamadas a liderar la reconstrucción, no por virtud, sino porque la historia les impone el deber de asumir responsabilidades que ya no pueden seguir evadiendo.

Mi rechazo al chavismo fue absoluto incluso desde antes de instalarse, opuesto como fui siempre a su política, a su ética y hasta a su estética. El precio pagado por ello ha sido incalculable.

Pero incluso desde tal posición crítica, no puedo celebrar una intromisión extranjera que nos deja reducidos a partir de hoy a un territorio bajo administración estadounidense. La derrota del chavismo no puede hermanarse con la derrota de la patria, ni la ruindad de su gobierno justifica la herida infligida al honor de una nación entera.

Aquí se cruzan dos premisas antitéticas: para vencer al malhechor interno nos entregamos en manos de un malhechor externo, ambos capaces de reducirnos de la condición de país a la de mero paisaje. La humillación se convierte así en una herencia que se transmite de generación en generación.

El 19 de diciembre de 1989, los estadounidenses invadieron Panamá y derrocaron a Manuel Noriega. Esa misma noche, en el Fuerte Clayton, en la antigua Zona del Canal, juramentaron como presidente a Guillermo Endara, ganador de las elecciones del 7 de mayo de ese mismo año.

¿Cómo es que aquí aceptamos que se desconozca a González Urrutia y se nos designe como «administradores» a un cubano-americano queriendo ser presidente de un país que en el fondo le desprecia por ello y a un sujeto clínicamente hipertímico como el señor Hegseth?

«Hasta que haya condiciones», se nos dice. ¿Y es que crearlas no era la tarea principal de un liderazgo político que se dedicó más a despedazarse entre sí cuando no a medrar en un estéril reunionismo de tecnócratas sin nada «en la bola» antes que a hacer un esfuerzo genuino por construir consensos, integrar equipos competentes y trazar planes esenciales para una transición con certidumbre?.

Las élites políticas venezolanas enfrentan hoy su mayor emplazamiento en un siglo: persistir en su indiferencia normalizadora, egoísta, «pata ‘e rolo», contemplativa del ombligo propio y carente de sentido de Estado o asumir el liderazgo del esfuerzo histórico de la reconstrucción nacional; reconstrucción que no vendrá a bordo de portaviones y exigirá de renuncias y de sacrificios magnánimos o, simplemente, no será.

*Lea también: Falta temporal y falta absoluta, por Rafael Uzcátegui

Dios nos libre de no emprender tan ineludible tarea, o estaremos todos condenados a ser apenas un terreno ocupado por pisatarios, una especie de Guantánamo o de isla de Guam caribeña llena de petróleo abandonada en manos de un proconsul y ocasionalmente útil como «training camp» para que las insolentes plantas de los poderosos del mundo lleguen «a trocha y mocha» una madrugada cualquiera invocando a su conveniencia la Doctrina Monroe y musitando el «soft words and big stick» de Teddy Roosevelt.

El amanecer de aquel lejano 22 de enero de 1903 se levantaba pesado sobre las aguas del Lago de Maracaibo. Las culebrinas del viejo Fuerte San Carlos, oxidadas y olvidadas en el tiempo, parecían reliquias más que aparejos de defensa. Sin embargo, aquel día hablaron.

Un cañonero alemán, el SMS Panther, avanzaba arrogante hacia la costa. El oficial venezolano Pedro Manuel Cárdenas lo avistó y respondió con un «¡fuego!» que fue más símbolo que victoria. No era Cárdenas un tropero de la «Libertadora» de Cipriano Castro, ni tampoco un caudillo en armas como Gómez y todos los que le precedieron: era apenas un soldado de artillería, un hombre de deber. Y a cumplirlo se dio, incluso con lo poco que tuvo a mano.

Más de un siglo después, el drama se repite con el USS Iwo Jima como vanguardia, pero sin atisbo de pundonor alguno.

La dignidad de un país se mide también en gestos, aunque estos apenas logren contener la fuerza de los poderosos. No he visto hasta ahora ninguno: solo he visto un despliegue excesivo de abrazos, de sonrisas y de plácemes de un lado, a la par de declaraciones llenas de retórica cutre por el otro, todo lo cual no hace sino dejar demostrada nuestra degradación como país.

No se busque consuelo en la idea de que «esta vez» la clásica intervención estadounidense sí habrá de traer el cambio que tantas veces prometió a otros países. El Caribe y el mundo están llenos de evidencias de todo lo contrario.

El saldo final puede resultar en una úlcera abierta para siempre en el alma de este país, que parece interesar más por lo que guarda bajo la tierra que por la desdicha de quienes vivimos sobre ella. Me avergüenza reconocer que los venezolanos no hayamos sabido construir un camino propio como lo hicimos hace dos siglos.

Y me duele aún más que la historia nos haga aparecer otra vez como un «toy country» incapaz de valerse por sí mismo, puesto a elegir entre la humillación y la esperanza como si ambas fueran compatibles.

Lo único que nos queda hoy es el silencio amargo, la conciencia dolorosa de que la patria se nos murió asfixiada entre las manos ante la perfidia de sus actuales mandamases y la estolidez de quienes la miran —y la han mirado siempre— desde seguros cotos, anteponiendo ante todo la integridad de sus respectivos traseros.

Que no se nos venga ahora con orquestas de muchachitos entonando los acordes de la «Venezuela» de Herrera y Armenteros, con peloteros cantando el Himno Nacional antes del «play ball» ni con reinezuelas de belleza en bikini arropadas en el tricolor nacional: porque hoy no somos sino un pueblo doblemente humillado, avergonzado ante el mundo y sin derecho a reclamar gloria alguna pese a haber ofrendado las vidas de cientos de sus mejores hijos en 25 años de valiente lucha ciudadana.

Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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