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De la farsa antimperialista a la alfombra roja para la CIA, por José Rafael López P.



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De la farsa antimperialista a la alfombra roja para la CIA
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José R. López Padrino | @jrlopezpadrino | enero 21, 2026

X: @jrlopezpadrino 


Durante años, el régimen bolivariano perfeccionó un género propio: la ópera bufa antimperialista. El chaveco-madurismo convirtió el antiimperialismo en una consigna vacía, utilizada más como herramienta de propaganda que como política real de defensa de la soberanía nacional.

Bajo un discurso encendido contra Estados Unidos y las potencias occidentales, el régimen ha consolidado un modelo que, lejos de enfrentar al imperialismo, reproduce sus lógicas económicas y políticas, pero sin controles democráticos ni participación popular. Un antiimperialismo «tapa amarilla», degradado a simples consignas, que ha operado como coartada para legitimar un proyecto autoritario que concentra el poder, criminaliza la disidencia y profundiza la desigualdad.

Su mueca más obscena sigue siendo el alarido del comandante de escritorio «¡Vengan por mí, cobardes!», bravuconada hueca y estridente vendida como gesta heroica para entretenimiento del público de gradería.

En esta alegoría, el supuesto líder inexpugnable que repetía una y otra vez que nadie lo sacaría de Miraflores terminó, de forma abrupta, confinado en un calabozo frío y mugroso del Metropolitan Detention Center (Brooklyn, Nueva York), no como mártir de ninguna causa, sino como una caricatura patética de su propia grandilocuencia. No hay cámaras, no hay pueblo, no hay epopeya. Solo el silencio incómodo que acompaña a los falsos valientes, a los héroes de utilería cinematográfica. Se acabaron los lujos, las mansiones, las exquisiteces burguesas y las cuentas bancarias en dólares.

Como acto final de esta gran farsa, irrumpe Delcy en escena, la gran sacerdotisa del desastre económico, político y social, desfilando con su habitual solemnidad teatral. Con una reverencia que roza lo ridículo, ha ofrecido una bienvenida cortés y dócil a Mr. John Ratcliffe, director de la CIA, un acto servil y repugnante.

La escena, entre tragicómica y grotesca, deja al descubierto la brecha entre la retórica altisonante —promesas de independencia y valentía épica— y la práctica cotidiana de sumisión, clientelismo y espectáculo vacío.

Sí, la misma CIA. La misma agencia omnipresente, todopoderosa y eternamente culpable de todo, que hasta hace cinco minutos era presentada como el cerebro maligno detrás de cada apagón, cada inflación, cada resaca revolucionaria y de la extracción de Nicolás.

Delcy, sin pestañear, ha extendido la alfombra roja y la solemnidad diplomática, como si no acabara de pasar nada, como si esa misma agencia no hubiera sido señalada de participar en la reciente «extracción» del gran hegemón. El enemigo de ayer se convierte en invitado distinguido hoy, porque en el bolivarianismo la coherencia ideológica es un lujo burgués y la memoria, un estorbo contrarrevolucionario.

Así, el imperialismo deja de ser una amenaza existencial para convertirse en un interlocutor conveniente. La CIA ya no conspira: ahora conversa. Ya no desestabiliza: ahora dialoga. Y el régimen, que vive denunciando complots imaginarios, demuestra que su verdadero talento no está en resistir al enemigo externo, sino en abrazarlo cuando conviene, siempre que ello garantice la continuidad en el poder.

Pero mientras Delcy hace malabarismos para mantenerse en Miraflores y solicita a la Asamblea Nacional que modifique la ley de hidrocarburos para satisfacer las exigencias de Mr. Trump y las transnacionales energéticas, el país real sigue desangrándose: la inflación no es una fábula, la represión no es una invención, la tortura no es delirio, el exilio no es metáfora, la muerte es una realidad y el hambre no entiende de ironías.

La tragedia del chaveco-madurismo no es que haya sido humillado militarmente por el imperio el pasado 03/01/2026, sino que se derrotó solo, ahogado en su propia fanfarronería publicitada por sus chafarotes. Gritó tanto que terminó creyéndose su propio eco. Confundió el atropello con coraje, la propaganda con realidad y la lealtad con el silencio comprado. El resultado ha sido una perversa parodia sostenida por el petróleo, el miedo, la represión y la muerte.

Mientras tanto, el inquilino de la Casa Blanca se contempla en el espejo y se autoproclama no solo salvador, sino «presidente en funciones de Venezuela», como si una publicación en redes sociales pudiera coronar un imperio ficticio, y declara que controlará su petróleo y sus recursos como si fueran trofeos de guerra.

*Lea también: Venezuela y el colonialismo menor, por Rafael Uzcátegui

Firma decretos con fervor mesiánico, confunde sanciones con virtud y reduce la geopolítica a un juego de mesa en el que él siempre será el ganador.

Ordena el cierre de centros de tortura y la liberación de presos en discursos que solo existen en la ficción de sus delirios, mientras que en la realidad la maquinaria represiva del régimen permanece intacta. Decreta transiciones inviables que excluyen a la oposición y que, lejos de desmontar estructuras de poder, apuntan a consolidar nuevas formas de dominación. Trump no gobierna: improvisa con arrogancia, convierte la política en espectáculo y sustituye la diplomacia por la violencia de sus cañoneras.

José Rafael López Padrino es Médico cirujano en la UNAM.  Doctorado de la Clínica Mayo-Minnesota University.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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antimperialistaCIAJosé Rafael López P.OpiniónTrump


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