Cuestión canaria, por Marcial Fonseca
Se levantó, como siempre los sábados, muy alegre, aunque inmediatamente recordó a su esposa y se le agrió el día. Era una relación matrimonial muy sui géneris. Luego de muchas desavenencias, habían llegado al acuerdo de que él la visitaría siempre que estuviera sobrio y nada de pensar que convivirían nuevamente, al menos durante un lapso de dos años. En verdad que el hombre era un modelo en todas la áreas de una relación de pareja siempre y cuando se mantuviera abstemio; además, su trabajo era muy exigente en tiempo y dedicación, y él se distinguía como un empleado ejemplar.
Tristemente, empero, en su vida privada, y siempre los fines de semanas y demás feriados cambiaba a un completo caos. Religiosamente se tomaba dos carteritas de cocuy de penca bien temprano empezando el sábado; y en verdad, ellas le hacían perder el rumbo, buscaba a su esposa y está realmente entraba en pánico.
La madre ya no aguantaba los sufrimientos de su hija; y empezó a maquinar una solución. Tuvo varios semanas cavilando qué hacer, y le vino una idea que de inmediato empezó a poner en ejecución. Estuvo bosquejando lo que quería. Se fue a Los Teques, luego de tres horas de conversación con un instructor, puso la orden y le dijeron que regresara en seis meses. Lo hizo y ya Tamacún estaba listo para llevárselo.
El primer contacto del marido con el animal fue un día de semana cualquiera y fue muy normal. Él alabó lo hermoso del perro, este se dejó acariciar y el encuentro siguió sus curso ordinario. Cuando se despidió, y él se dirigió al zaguán, el can lo siguió sin ningún aspaviento, pero bastó que se detuviera para hacerle un comentario a su mujer para que los gruñidos lo obligaran a continuar caminando. Claramente no quiso averiguar, si hacía su voluntad que era devolverse, qué pasaría.
Los días transcurrían. Hubo un incidente que demostró lo bien entrenado del sabueso. La dueña se sintió mal, llamaron al doctor de cabecera de la familia; y para que este pudiera examinar a la muchacha, hubo que encerrar en un baño a Tamacún donde sufrió daño en la uñas tratando de romper la puerta para salir al oír que había alguien extraño con su ama.
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Luego de varios semanas, el esposo no la visitó más, estaba preocupado por el animal; era claro que la vieja lo haba sugerido, la hija lo había aceptado y el jodido era él, con una fiera así, su rol de hombre de la casa estaba en veremos. Le llego una solución, se sonrió de lo fácil. Consiguió unos cien gramos de estricnina, los repartió en dos hamburguesas y se la lanzo sobre la pared sur del solar de la casa de ella. El can se acercó, olisqueó el pedazo de comida, y en esta percibió el rastro dejado por el marido, así que decidió acercarse al ante portón, y ahí estaba el esposo a punto de tocar, y fue derribado por el perro; la esposa lo salvó de morir destrozado a mordiscos.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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