Cuando quiero llorar no lloro: hendidura psico-social, por A. R. Lombardi Boscán
«Una hendidura es una abertura estrecha, alargada y poco profunda en una superficie o cuerpo sólido que no llega a dividirlo del todo. Se trata de una fisura, grieta o raja, común en materiales como madera, roca o metal, así como en anatomía. Sinónimos incluyen fisura, grieta, raja, ranura, surco, intersticio, incisión o hendedura». Diccionario de la lengua española.
La discontinuidad que parece definir el proceso histórico venezolano, de 1811 hasta el presente, tiene algunas respuestas en lo psicosocial que la mayoría de los historiadores omitimos. La vida en el barrio no es la misma vida que en las urbanizaciones. Además, hay barrios de barrios y urbanizaciones de urbanizaciones.
Luego está una clase media que irrumpió con el petróleo y democracia y que luego se empobreció con la Revolución Bolivariana de los últimos 30 años. Miguel Otero Silva habló de los tres Victorinos en: «Cuando quiero llorar no lloro» (1970). Mundos paralelos, aunque distantes desde la cultura y mentalidad que se tocan en lo físico, aunque hablan lenguas diferentes.
Esa incapacidad de compartir un mismo símbolo de identidad es la fuente del desencuentro. Los educados y con empleos estables, los que han podido viajar al exterior y asumen los códigos de urbanidad dominantes viven en la modernidad. O por lo menos se sienten visibles dentro de la vida social. En cambio, la gente del barrio vive en un gueto con otros usos y costumbres y casados con la necesidad.
Son alienígenas para esa urbanidad de compromiso. Esos aliens, e incluso zombis, viven al margen del Estado e instituciones. Son países minúsculos: reservas de pobres solo visibles en las campañas electorales cuando las había. El voto, otro fetiche, encubridor de vida cívica plena, les daba el reconocimiento de las élites. Por lo demás, el suelo, vivienda, servicios públicos y trabajos en negro lo tomaban sin permisos.
La precariedad es su desgracia y afirmación. Los delincuentes protegen al barrio y a quienes siguen sus reglas de un Estado ausente solo encarnado en la policía y la represión. Ser pobre es llevar a cuestas la sospecha del indeseable. La mayoría de los venezolanos son pobres por muchas razones. Hoy hay estadísticas serias que sostienen que el empobrecimiento de la sociedad venezolana está por encima del 70% de la población. La principal razón es política y está asociada al control social.
El periodo monárquico hispánico de tres siglos delineó una estratificación social sin disimulos. En cambio, en el periodo republicano se ofreció la apariencia de una igualdad social de letra pequeña bancaria. Toda esta fotografía nos lleva a ideas madres que según el P. Alejandro Moreno Olmedo y otros estudiosos han explicado por qué se han atrevido a vivir entre los invisibles sociales.
«Esa ya prolongada experiencia ha llegado a convencerme de que en Venezuela coexisten y discurren paralelos sin encontrarse, dos mundos-de-vida y estructuras culturales completamente distintos en cuanto se soportan, sostienen y encuentran sentido en prácticas de vida cada una de ellas perteneciente a horizontes vitales, conceptuales y hermenéuticos externos el uno al otro. Son ellos el mundo-de-vida de la modernidad venezolana, propio de los sectores dirigentes en sentido amplio, y el mundo-de-vida del pueblo tal como a este lo he identificado».
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Lo primero: el matriarcado. Exceso de madre y ausencia de padre. Ya esto nos adentra en la psicología profunda de un trauma de nacimiento con todas sus secuelas. La vida social venezolana, y latinoamericana también, se manifiesta en una mamitis reconcentrada. La familia venezolana: «no es la base de la sociedad» como nos decían los libros muy castos de Moral y Cívica de las escuelas.
Lo más usual son los hijos naturales, hermanos de distintos padres. Una madre sufrida y sufriente sosteniendo con un círculo de fuego a toda esa progenie desamparada. La premodernidad vive anclada en los barrios. Mientras que las élites que controlan al Estado y se refugian en feudos súper protegidos para no mezclarse con la escoria, hacen de la apariencia de modernidad el barniz conveniente para encajar en los códigos respetables de la convivencia internacional.
Este cortocircuito afectivo puede que sea la raíz de nuestro fracaso nacional. Un desencuentro que hoy se manifiesta en una educación pública dañada y que ya los pobres no encuentran validez para el ascenso social. Y una educación privada, para quien pueda pagarla, y que sea el trampolín para huir al exterior o ganar las defensas para prosperar en el laberinto actual.
El chavismo, de origen premoderno, apenas conquistó el poder, renegó de sus orígenes. La Revolución de los Pobres no fue más que una excusa para que estos aventureros abrazaran los privilegios sociales y pactaran también con los de la vieja usanza.
Hoy, solo recogen los vidrios rotos y se hacen los amnésicos. Que la gente rebusque en la basura para comer no es su problema. Que las barriadas sean mundos autárquicos que teje la cotidianidad con sufrimiento, mucho menos.
Explicaciones de este tipo, las de la psique colectiva, son muy fértiles, aunque poco estudiadas. Una conclusión sería: que la mayoría de la población venezolana vive en una premodernidad mental y física que solo una educación de calidad pudiera revertir. Modernidad casada con las oportunidades, reglas claras y prosperidad. Algo que solo élites ilustradas y sensibles al dolor nacional serían capaces de emprender.
Adam Smith, uno de los padres de la economía política, sostuvo que una sociedad con pobres está condenada al fracaso.
Ángel Rafael Lombardi Boscán es Historiador, profesor de la Universidad del Zulia. Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ. Premio Nacional de Historia. Representante de los Profesores ante el Consejo Universitario de LUZ
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