Cuando la violencia deja de parecer violencia, por Rafael Uzcátegui
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Dentro de pocas semanas, Laboratorio de Paz publicará un informe sobre violencia contra las mujeres en la vida política en Venezuela. Durante varios meses entrevistamos a mujeres de diferentes organizaciones políticas, con trayectorias diversas, provenientes de distintas regiones del país y pertenecientes a varias generaciones.
Como ocurre en toda investigación cualitativa, comenzamos con algunas hipótesis. Pero hubo un hallazgo que apareció desde las primeras conversaciones y terminó convirtiéndose en una de las reflexiones más importantes del estudio.
Muchas de las entrevistadas no identificaban como violencia experiencias que, según los estándares internacionales, sí lo son. No estamos hablando de personas ajenas al debate público.
Se trataba de dirigentes, exconcejalas, diputadas, organizadoras, responsables de campañas, mujeres con años de militancia, experiencia institucional y, en muchos casos, con formación universitaria y sensibilidad frente a los derechos humanos.
Sin embargo, cuando se les preguntaba si habían sufrido violencia política, la respuesta inicial con frecuencia era negativa. La conversación cambiaba cuando dejábamos de preguntar por «violencia» y comenzábamos a hablar de situaciones concretas: haber sido excluidas de reuniones donde se tomaban las decisiones importantes; sentir que debían demostrar más que sus compañeros hombres para obtener el mismo reconocimiento; recibir comentarios sobre su apariencia física, su maternidad o su vida privada que difícilmente se dirigirían a un dirigente masculino.
Entonces aparecían los testimonios. Y, con ellos, una constatación incómoda: muchas de esas experiencias habían sido internalizadas como lo «normal» de hacer política en un país como Venezuela.
Ese es uno de los mayores logros del movimiento feminista internacional que, durante la última década, impulsó el reconocimiento de la violencia contra las mujeres en la vida política como una categoría específica de derechos humanos. No porque haya inventado nuevas formas de violencia, sino porque permitió nombrar prácticas que durante años permanecieron invisibles.
En 2016, la Comisión Interamericana de Mujeres de la OEA presentó la Ley Modelo Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en la Vida Política. Su principal aporte fue ampliar la mirada.
La violencia ya no se limita a las agresiones físicas o a las amenazas. También comprende aquellas conductas, prácticas y omisiones que, basadas en el género, buscan limitar el ejercicio de los derechos políticos de las mujeres.
Con frecuencia se piensa que la violencia política contra las mujeres proviene exclusivamente del Estado o de los adversarios políticos. Sin embargo, la investigación muestra que muchas de las experiencias más persistentes ocurren en espacios cotidianos: dentro de los partidos, en reuniones de trabajo, durante las campañas electorales o en la distribución de responsabilidades.
No siempre existe mala intención. Muchas veces existe costumbre. Y precisamente por eso resulta tan difícil identificarla.
Esta discusión adquiere una importancia especial en Venezuela. En los últimos años pareciera haberse instalado la idea de que la política venezolana se ha «feminizado».
Es cierto que hoy dos de las figuras políticas más influyentes del país son mujeres. También ha aumentado la presencia femenina en algunos espacios de representación. Pero una democracia no puede medir la igualdad únicamente observando a sus lideresas más visibles.
La presencia de mujeres en posiciones de liderazgo constituye un avance importante. Pero no basta para concluir que desaparecieron las desigualdades estructurales.
La democracia no se fortalece solamente cuando más mujeres llegan a la política. También cuando pueden permanecer en ella sin tener que naturalizar las violencias que encuentran en el camino.
La investigación dejó, además, una segunda enseñanza que vale la pena destacar. En el debate público los partidos políticos suelen ser objeto de críticas severas, muchas de ellas justificadas, por su incapacidad para conducir al país hacia una salida democrática.
Sin embargo, detrás de esas organizaciones existen también historias poco conocidas. Las entrevistas permitieron descubrir a mujeres que, pese a la discriminación, las amenazas, las frustraciones y el desgaste acumulado por años de crisis, continúan organizando comunidades, formando nuevos liderazgos, defendiendo causas y sosteniendo el trabajo cotidiano que hace posible la acción política.
Quizás ese sea otro riesgo de la normalización: no solo nos acostumbra a la violencia, sino que también nos vuelve incapaces de reconocer el esfuerzo silencioso de quienes persisten.
Si el informe que pronto publicaremos logra que más mujeres identifiquen estas violencias, las nombren y dejen de considerarlas inevitables, habrá cumplido uno de sus propósitos más importantes. Porque el primer paso para transformar una realidad consiste, precisamente, en dejar de verla como algo normal.
Porque en Venezuela estamos normalizando demasiadas cosas que están muy mal.
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Rafael Uzcátegui es sociólogo y codirector de Laboratorio de Paz. Actualmente vinculado a Gobierno y Análisis Político (Gapac) dentro de la línea de investigación «Activismo versus cooperación autoritaria en espacios cívicos restringidos»
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