Cuando apareció la política, por Alexis Alzuru
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Durante mucho tiempo se dijo que los venezolanos habían perdido la capacidad de actuar juntos. Que la polarización y la desconfianza habían desmantelado el tejido social. Sesenta segundos fueron suficientes para demostrar que esa idea no era cierta.
Mientras la tierra temblaba, miles hicieron exactamente lo opuesto de lo que los dirigentes enseñaron durante las últimas décadas. Se reconocieron. Dialogaron. Confiaron. Se organizaron. Sin jefes. Sin órdenes. Sin protectores ni héroes.
Ese fue el verdadero acontecimiento.
El terremoto no sólo movió edificios. También removió la mentira que hoy muchos repiten: que los venezolanos son incapaces de construir su propio destino.
Lo que colapsó no fueron las calles. Fue una manera de entender la política.
Porque la política no aparece cuando alguien conquista la jefatura del estado. Aparece cuando una comunidad descubre que el bien común vale más que los intereses particulares. Cuando la comunicación sustituye al insulto. Cuando la cooperación desplaza al sectarismo. Cuando el acuerdo deja de verse como una traición y vuelve a entenderse como virtud pública.
Durante el terremoto ocurrió algo extraordinario. Mientras el país reaprendía a cooperar, el gobierno desapareció. También la oposición. Por primera vez en varios años, los venezolanos no esperaron instrucciones de quienes convirtieron la lucha por el poder en el único horizonte posible de la actuación pública.
Las escenas han permitido observar con claridad una frontera que normalmente permanece oculta: la diferencia entre la política y la antipolítica. Y esa diferencia es realmente radical; pues, la política construye. La antipolítica conquista. La política reconoce al otro. La antipolítica ve electores. La política encuentra en el poder un instrumento para incrementar el bien común. La antipolítica dice que el poder es un fin que debe alcanzarse pagando cualquier precio.
Quizá por eso el terremoto reveló algo todavía más inquietante. Durante años, oficialismo y oposición parecieron enfrentarse por proyectos incompatibles. Sin embargo, detrás de discursos distintos han terminado compartiendo una misma concepción: la política reducida a la conquista del poder.
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Desde esa perspectiva se comprende por qué Venezuela terminó atrapada en un ciclo de fracasos sucesivos. Cuando el poder deja de tener límites normativos, todo se justifica: la destrucción de los partidos, la personalización del liderazgo, el rechazo al consenso, la descalificación permanente del adversario e, incluso, la idea de que el destino del país puede decidirse en La Habana o Washington.
La buena noticia no es que Venezuela haya descubierto nuevos líderes. Es la contraria: que haya descubierto que cuando la política reaparece, los salvadores sobran. La esperanza que dejaron aquellos sesenta segundos reside allí: que los venezolanos hayan comenzado a recordar que la verdadera política se inicia cuando las sociedades deciden reconstruirse a sí misma.
Alexis Alzuru Aponte es Doctor en Ciencias Políticas. Magíster y Licenciado en Filosofía. Profesor jubilado de UCV.
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