Construir una cultura para enfrentar los desastres, por Luis Enrique Aparicio M.
Bastante se ha abundado sobre los dos movimientos telúricos ocurridos en Venezuela y ahora se suma el de Colombia, a un mes y algunos días de diferencia de los primeros. También se ha hablado lo suficiente sobre el sistema tectónico en el que reposan ambos países, que coloca a estas naciones entre las zonas de mayor riesgo sísmico del continente americano, al igual que ocurre con otros países como Chile.
También se ha hablado sobre las reacciones de los Estados frente a estas tragedias, las construcciones civiles y públicas y, por supuesto, las pérdidas humanas. Después de esto, al debate se incorpora la reconstrucción de las ciudades y sus servicios, los costos y el tiempo que debería tomar su recuperación.
Todos estos temas son de vital importancia para la recuperación de las regiones afectadas y, por supuesto, para el bienestar de los ciudadanos. No obstante, siguen pendientes algunos aspectos que, aunque están contemplados en leyes y normas en ambos países, no parecen haberse convertido plenamente en una práctica cotidiana.
Me refiero a la preparación, a la formación. Porque ya muchos expertos lo han señalado: la prevención empieza antes del desastre. No debería limitarse a normas de construcción, estudios geológicos o protocolos de emergencia. También debería formar ciudadanos capaces de saber qué hacer antes, durante y después de un terremoto, una inundación, un incendio u otro fenómeno natural.
Para comenzar, podemos partir de un punto difusor de todo lo relacionado con la educación y la cultura: la escuela. La escuela puede convertirse en uno de los primeros espacios para construir esa cultura. No necesariamente mediante una asignatura nueva, sino incorporando contenidos relacionados con la prevención, los primeros auxilios básicos, la evacuación, la identificación de riesgos, el manejo de emergencias y el comportamiento colectivo.
Por lo que pudimos apreciar en algunas de las tantas imágenes que recorrieron el mundo después del sismo en Colombia, particularmente aquellas en las que unos niños intentaban ponerse a salvo junto a sus maestros, podría parecer que lo que he planteado sobre las escuelas y la formación ciudadana no estuviera contemplado como política pública. Pero no es exactamente así.
Tanto Colombia como Venezuela han desarrollado programas, normas y orientaciones educativas sobre gestión del riesgo y preparación ante desastres. En Colombia, el Ministerio de Educación Nacional cuenta desde hace años con una política de gestión del riesgo escolar y educación en emergencias. Ya en 2009 y 2011 emitió directivas orientadas a garantizar la educación en situaciones de emergencia y establecer los Planes Escolares para la Gestión del Riesgo (PEGR).
Por su parte, Venezuela aprobó en 2009 la Ley de Gestión Integral de Riesgos Socionaturales y Tecnológicos. Su artículo 35 establece que el Estado debe incorporar contenidos relacionados con la gestión integral de riesgos en la educación formal, mediante planes, programas, proyectos y actividades del sistema educativo. La ley también contempla la educación no formal, la capacitación y la divulgación.
De tal manera que Venezuela y Colombia llevan años creando normas, programas y orientaciones para educar frente al riesgo. La pregunta que dejan las tragedias recientes es otra: ¿hasta dónde esos instrumentos han conseguido convertirse realmente en una cultura nacional de prevención?
Y no quiero reducirlo a la simple propuesta de incorporar formación sobre prevención en los diferentes pensum o programas escolares. Porque una cosa es tener un plan escolar de gestión del riesgo y otra, muy diferente, que un niño, un adolescente, un maestro, una familia o una comunidad sepan efectivamente qué hacer cuando comienza un terremoto.
Ahí está, precisamente, el desafío. No se trata solamente de saber que existe un protocolo, sino de convertirlo en un comportamiento aprendido. Que la reacción ante una emergencia no dependa exclusivamente de la improvisación, del miedo o de lo que cada persona haya podido aprender por su cuenta.
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Ejemplos en el mundo sobran. El más conocido es Japón, un país en el que los terremotos forman parte de la cotidianidad y donde la preparación ante estos fenómenos ha sido incorporada progresivamente a la educación, los ejercicios comunitarios y la vida diaria.
Japón no debería aparecer aquí como «el país que sí educa y nosotros no». La comparación sería demasiado sencilla. Lo interesante es observar la profundidad con la que una cultura de prevención puede incorporarse a la vida cotidiana cuando una sociedad entiende que el desastre no necesariamente puede evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse.
Quizás esa sea una de las tareas que deberían acompañar la reconstrucción de Venezuela. No solo levantar nuevamente edificios, hospitales, escuelas y carreteras, sino aprovechar lo ocurrido para revisar cuánto estamos haciendo para que, cuando la naturaleza vuelva a recordarnos que no tenemos control sobre ella, sepamos al menos cómo responder.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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