Ciempiés bailando conga, por Aglaya Kinzbruner
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Estando como estamos en los primeros días de enero, el mundo se ve diferente como al comienzo de algo. Uno puede expresar deseos, emitir opiniones y hasta desear consultar videntes y, quizás, hasta shamanes.
Estos últimos nos recuerdan a los inuits con quienes compartimos vecindad hemisférica y quizás hasta cierta impaciencia con Dinamarca, que ve a los inuits con visión excesivamente eurocéntrica.
Esto es causante que, aunque los inuits que viven en Dinamarca tengan los mismos derechos que los daneses (pasaporte, salud pública, etc.), no tengan las mismas condiciones favorables en cuanto a trabajo, vivienda y bienestar. Prefieren otros inmigrantes legales a quienes enseguida se les da de todo. ¿Por qué? Es una larga historia.
Aunque los inuits vinieron de Alaska y Norteamérica Oriental, llegaron a Groenlandia hacia el 1200 d.C. con todo su bagaje cultural Thule completo. ¡Hasta trajeron trineos de perros! Fueron colonizados en el siglo XVIII por Dinamarca en lo material y, en cuanto a lo espiritual, por el luterano Hans Egede (1686 – 1758), quien los convirtió al cristianismo y fundó la capital, Nuuk. Las conversiones son cosas extrañas y controvertidas.
El padre Egede, persona indudablemente muy seria, trató de adaptar el Padre Nuestro al inuit y encontró su primer escollo en la invocación «danos nuestro pan cotidiano».
Pidió la ayuda de su dos hijos varones y estos, más jóvenes y quizás con más contacto con los inuits, sugirieron el cambio (cómico para el lector no informado) a «danos nuestra foca cotidiana» y así quedó. La foca cotidiana era demasiado importante para su alimentación y el pan cotidiano para ellos ¡no significaba nada!
En cuanto al significado religioso de estos cambios, lógicamente todo acabó en un sincretismo del antiguo animismo (donde todo objeto mineral o animal tiene un alma) más el shamanismo, enmarcado en una religión cristiana evangélica correctamente posicionada a través de la «foca cotidiana».
En lo que corresponde a nuestros deseos, recordamos con gran nostalgia las salidas del domingo en la mañana y la llegada a la casa con tantos periódicos: El Universal, El Nacional y tantos más. Se ponían sobre la mesa del comedor. Cada cual sacaba la parte que más le interesaba, empezando quizás con Olafo, el marido poco inteligente de Helga.
Luego llegó TalCual que nos enamoró a todos. ¡Qué bella época! Qué hermoso era tener periódicos que se podían tocar, cada cual se llevaba lo suyo a su cuarto y al almuerzo se discutían sus noticias. Ahora hay una pobreza de información tan grande que pronto tendremos que volver a las tabletas sumerias; política diseñada para confundir más que explicar.
En cuanto a la compra de Groenlandia, no es una idea tan loca. Al fin y al cabo fue invadida por el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial cuando Dinamarca había caído bajo el entonces «indetenible» ejército nazi. Más bien esa invasión protegió a todo el continente.
No hay que olvidar que 28 submarinos alemanes (U-Boote) atacaron y hundieron aquí en aguas caribeñas a cinco buques venezolanos —el más importante el Monagas— que llevaban petróleo, que era de interés de los Aliados, a las islas de Aruba y Curazao.
Sería quizás más oportuno acercarse a los inuits a través de sus parientes del Canadá con quienes ellos sostienen ciertos intercambios comerciales y culturales, y aprender su idioma. Sabemos que eso suena extraño porque los estadounidenses no se orientan tanto hacia otros idiomas cuando en Europa es muy fácil encontrar personas que hablan tres o cuatro idiomas modernos y conocen uno o dos antiguos.
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La diplomacia tiene muchos caminos, probemos el de la foca. Habrá que buscar algo que funcione. Ciempiés no baila conga.
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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