Buscando remedios, encontrando problemas, por Luis Ernesto Aparico M.
Colombia ha tomado una decisión que va mucho más allá de la elección de un nuevo presidente. Está incorporándose a una corriente política que recorre buena parte del mundo y que se alimenta del cansancio ciudadano, de la frustración acumulada y de la pérdida de confianza en las instituciones tradicionales, es decir de la democracia en general.
Estoyconvencido de que este no es un fenómeno exclusivamente colombiano y los hechos lo confirma.
Lo hemos visto aparecer en distintas democracias, donde sectores importantes de la población han comenzado a depositar sus esperanzas en figuras que prometen orden, autoridad y soluciones rápidas frente a problemas que llevan años sin resolverse y que de seguro terminará en más frustración.
La explicación resulta comprensible.
Cuando la inseguridad aumenta, cuando la economía no ofrece oportunidades suficientes o cuando los ciudadanos sienten que la política dejó de escucharlos, surge la tentación de apostar por quienes ofrecen respuestas simples, vacías, pero directas y contundentes.
Sin embargo, comprender el fenómeno no significa ignorar sus riesgos.
Una de las características más llamativas de este momento político es la facilidad con la que algunos países intentan importar experiencias ajenas como si se tratara de fórmulas universales. Se observa el éxito de un líder en otro lugar y se asume que basta con replicar su discurso, sus métodos o sus políticas para obtener resultados similares.
Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja.
Las sociedades poseen historias diferentes, instituciones distintas y desafíos particulares.
Lo que puede funcionar en un país pequeño tanto geográficamente como poblacional, con determinadas condiciones sociales y políticas, no necesariamente producirá los mismos resultados en una nación mucho más grande, diversa y compleja.
Colombia no es El Salvador, por ejemplo.
Tampoco enfrenta exactamente los mismos problemas, ni posee la misma estructura institucional, ni arrastra las mismas dinámicas territoriales, económicas o sociales.
Pretender que un modelo puede trasladarse intacto de un país a otro es desconocer una de las lecciones más elementales de la política: las soluciones duraderas nacen de la comprensión profunda de la realidad propia, no de la simple imitación.
Lo preocupante es que el debate, sobre todo entre los electores, de estas diferencias parece haber desaparecido.
En su lugar han ganado espacio las promesas de mano dura que intentará devolver el honor a quienes no se les ha quitado, de convertirse en una especie de «héroe» bíblico (en un juego de claro coqueteo con la exaltación religiosa), los mensajes de confrontación y la idea de que los problemas nacionales pueden resolverse mediante la concentración de decisiones en liderazgos cada vez más personalistas.
La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos para observar este fenómeno con cautela.
Durante décadas, la región osciló entre caudillos de distinto signo ideológico, todos convencidos de que representaban la solución definitiva para sus respectivas sociedades.Algunos llegaron prometiendo orden; otros, justicia social; otros, seguridad.
Pero casi todos compartían una misma característica: la creencia de que el destino nacional dependía de su presencia y fundamentalmente de su voluntad personal.
Los resultados están a la vista.
Por eso, si Colombia finalmente ha decidido avanzar por ese camino, el desafío no consistirá únicamente en evaluar a un nuevo gobierno.También implicará comprobar si la apuesta por los liderazgos fuertes puede ofrecer algo más que entusiasmo electoral.
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Porque una democracia no proviene, ni se fortalece, cuando se depositan todas las esperanzas en una sola persona.
Se fortalece cuando construye instituciones capaces de sobrevivir incluso a quienes llegan al poder prometiendo transformarlo todo.
Y esa sigue siendo una lección que América Latina parece empeñada en aprender una y otra vez.
Solo queda esperar que Colombia no termine confirmando uno de esos viejos adagios que la historia regional conoce demasiado bien: que el remedio puede resultar peor que la enfermedad.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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