Béisbol de pueblo, por Marcial Fonseca
Cuando faltaban dos meses para que nos extendieran los correspondientes títulos con el flamante nombre de Bachilleres de la República y el colofón de Primera Graduación del Colegio Padre Díaz, la dirección de la institución se percató de que no se había cumplido con una materia aprobada ese año como parte del pénsum de secundaria, esto ocurrió por allá por el año mil novecientos sesenta y cinco, precisamente cuando estábamos terminando el quinto año.
Por ello era perentorio hacer algo; la máxima autoridad se involucró directamente. Esta buscó un deporte fácil, y más que fácil, con disponibilidad de infraestructura en el pueblo.
Realmente no había mucho de donde escoger, lo único disponible eran una cancha de bolas criollas y un palenque; que fueron desechados por el consumo de alcohol en esas instalaciones.
Mientras se seleccionaba el deporte, el colegio decidió que los alumnos desfilaran por las calles para empezar a entrenarse en una actividad física y para que el pueblo empezara a acostumbrarse al espectáculo.
En unos de los ensayos, la gente salió a la calle y se apostaron en sus respectivas casas para disfrutar el desfile. Al llegar a la Plaza Bolívar, en el lado norte de esta, los alumnos hicieron una marcha en el sitio, el entrenador ordenó marcar el paso; esto es moverse en el mismo lugar.
Lamentablemente el hijo del entrenador precedía la marcha y el niño imitaba los gestos de su progenitor lo cual causaba cierta hilaridad en el público; pero los futuros bachilleres, sobre todos los que no veían lo que sucedía en la cabeza de la formación se sentían muy incómodos por la risa que ellos percibían como sin sentido.
Regresando a la selección del deporte a practicar, al final la batalla la ganó el béisbol y se formó el primer equipo. El programa de preparación fue diseñado. Durante dos meses estuvieron todos los sábados y domingos practicando.
Luego hubo encuentros amistosos; al final de uno de estos, el director del colegio preguntó al profesor de Educación Física que cómo veía a los muchachos. «Mire», contestó, «en general bien, los internos están en muy buena forma, dos de ellos son bateadores magníficos; y también hay uno que es muy buen pícher». El director no entendía nada de lo que estaban explicándole, pero sí demostraba su contento y su orgullo.
Luegó el día muy esperado, un encuentro con un equipo de otro colegio católico de Barquisimeto. El estadio se llenó con los familiares de los jugadores locales y de los alumnos en general.
Empezó el juego; en las primeros seis entradas hubo cinco sencillos, pero ninguna carrera. Noveno inning, parte de abajo, después de dos outs, ya todos esperaban extra tiempo; pero el bateador de turno botó la pelota; la reacción de las gradas fue apoteósica, el director del colegio duaqueño, un sacerdote italiano con cinco años en Venezuela, que estaba en el dugout, al ver y sentir la algarabía del público salió también a corear el equipo y decía «Gooool, goooool…, goooooool»
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Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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