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Atención: la violencia, por Gisela Ortega



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Atención: la violencia
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Gisela Ortega | enero 12, 2026

Correo: [email protected]


La violencia siempre ha estado presente en la historia del ser humano, manifestándose de diversas formas: desde las prácticas de canibalismo en la prehistoria hasta nuevas formas de manifestación, incluyendo la física, psicológica, sexual, económica, tecnológica y la era digital. Se distingue por su impacto en diferentes niveles (individual, grupal y social) y por su relación con la cultura, la desigualdad de género y la falta de acceso a recursos y oportunidades.

Ha sido utilizada como herramienta de poder y control. La búsqueda de dominio de recursos como agua, tierra y minerales, tanto a nivel individual como colectivo, ha desencadenado conflictos violentos que han afectado a todos los grupos sociales a lo largo del tiempo. El sedentarismo y la agricultura permitieron la aparición de élites y castas guerreras, lo que incrementó las luchas intestinas y el surgimiento de la guerra como una práctica institucionalizada con el desarrollo de armas de metal.

En los tiempos bíblicos hubo violencia, la cual está presente en numerosas historias a lo largo de la Biblia. Se narran guerras, violencia doméstica y conflictos entre comunidades. La Biblia incluye estos relatos, no para glorificarlos, sino para reflejar la realidad humana y cómo las sociedades intentaron gestionarla.

También se discute la interpretación de la figura de Eva, a la que se le ha atribuido la culpa de los males humanos, una interpretación que ha legitimado el machismo y la violencia contra las mujeres, señalan en la Editorial Verbo Divino y Theology net work.uk.en2es.search.translate.goog. El Nuevo Testamento narra la violencia humana que sufrió Jesús, incluyendo la flagelación, la humillación y su crucifixión.

En la Edad Media, la nobleza la utilizaba como método de imposición de dominio sobre otras clases sociales, incluyendo asesinatos, amenazas y robos. Como reacción a la crisis del feudalismo, era vista como una necesidad vital con la «rapiña» y la «caza al hombre». Es un fenómeno complejo y multifacético que requiere de un análisis profundo para comprender sus causas y consecuencias, así como para desarrollar estrategias de prevención y atención.

La violencia fue asociada desde tiempos muy remotos a la idea de la fuerza física y del poder. Los romanos llamaban vis a esa fuerza, al vigor que permite que la voluntad de uno se imponga sobre el otro. Vis tempestatis se llama en latín a la «fuerza de una tempestad». En el Código de Justiniano, se habla de una «fuerza mayor, que no se puede resistir» (vis magna cui resisti non potest), el concepto jurídico de fuerza mayor.

El vocablo latín violentia es cualidad de violentus y está compuesto por vis, que significa «fuerza», y el sufijo lentus, que tiene un valor de continuidad. Esto da el adjetivo «el que continuamente usa la fuerza», en virtud del cual surge el verbo violar: «actuar violento» o «uso continuo de la fuerza».

Personas como Mahatma Gandhi demostraron cómo la violencia no siempre es el medio para lograr un fin justo, inspirando movimientos no violentos para la lucha por los derechos civiles y el cambio social.

La agresión verbal es una forma de violencia ejercida a través del lenguaje, generando daño emocional. El uso de adjetivos despectivos, como la comparación con animales, o la exageración innecesaria de las emociones negativas, son algunas de las señales de violencia verbal. También ocurre a través de silencios e inacciones. Sucede, en términos generales, con el abuso que supone una notable desproporción en la fuerza o en el número de los que se aprovechan con respecto a sus víctimas.

La violencia no es únicamente provocar daños a los demás; puede ser algo más sutil y devastadora. Distinguir entre «ellos» y «nosotros» es un acto de violencia. Centrarse en las diferencias entre las personas, en lugar de considerar lo que tenemos en común, tarde o temprano e inevitablemente genera violencia.

Es el uso de la fuerza física o psicológica por parte del agresor para lograr objetivos que van contra la voluntad de la víctima. Puede proyectarse no solo hacia las personas, sino contra los animales, plantas, objetos religiosos o artísticos, y manifestarse de múltiples maneras asociadas también a la humillación, la amenaza, el rechazo, el acoso o las agresiones morales.

*Lea también: La joya del Ávila, por Douglas Zabala

En casos extremos, cuando estas reacciones se vuelven colectivas, pueden terminar en disturbios callejeros, saqueos, linchamientos, asesinatos, guerras civiles y entre Estados. Por norma general, se considera violenta a la persona irrazonable, que se niega a dialogar y se obstina en actuar pese a quien pese. Suele ser de carácter dominante y egoísta, sin ningún ejercicio de empatía. Todo lo que viola lo razonable es susceptible de ser catalogado como violento.

Desde la perspectiva de la salud humana, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia como: «El uso deliberado de la fuerza física, o el poder, ya sea en grado de amenazas, contra uno mismo, otra persona, un grupo o comunidad, que tenga muchas probabilidades de causar lesiones, daños psicológicos, trastornos de desarrollo o la muerte».

La cultura global no siempre educa en estos métodos. Un ambiente social que celebre la paz y ofrezca herramientas para la resolución de conflictos puede atenuar las tendencias violentas inherentes al ser humano. Es fundamental trabajar en la modificación de los entornos sociales y culturales.

Para finalizar, recordemos Sansón y Dalila. Él tiene una fuerza tan grande que puede destruir una edificación arrancando sus columnas, pero viene una mujer, Dalila, quien lo engaña porque averiguó que su fuerza viene de su cabello largo. Se lo corta cuando duerme y él pierde toda su fuerza porque confió en ella. La mayor violencia es el engaño.

Gisela Ortega es periodista.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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