Alfredito, María Corina Machado, el Nobel…, por Gregorio Salazar
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La injustificable muerte en prisión del exgobernador del Estado Nueva Esparta, Alfredito Díaz, surgió como un preámbulo inesperado y doloroso a la entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, y fue la primera de las noticias de honda repercusión que desde el domingo 7 de diciembre mantienen a Venezuela en primerísimo lugar del foco internacional.
La muerte de Díaz en una celda de la prisión del Helicoide, siniestro emblema de las violaciones a los Derechos Humanos que –como se ha denunciado y ampliamente documentado—se cometen en Venezuela, provocó una espontánea manifestación de luto y profundo pesar en la colectividad neoespartana. A esta sirvió con sentido de identidad y fructífero compromiso durante muchos años, primero como alcalde y hasta el año pasado como gobernador.
Alfredito, el diminutivo afectuoso con el que se le distinguió, fue un dirigente con genuino arraigo popular. Nunca mereció morir en las condiciones que limitaban al extremo la atención a su salud, como está ocurriendo con otros presos políticos. Permanecía detenido, sin debido proceso, con las mismas acusaciones genéricas que mantienen en la cárcel a más de mil venezolanos desde las protestas de calle por el robo electoral del 28-J.
Ahora, tras su fallecimiento, prolonga su presencia como inspiración y símbolo de la lucha por el retorno a la democracia en Venezuela.
Tres días después de su muerte tuvo lugar la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, en Oslo, Noruega. No se olvide que este mismo país durante un largo período puso su tradición y sus mejores experticias de mediación internacional en la búsqueda de una solución pacífica, justa y concertada a la tan prolongada crisis venezolana. De modo que si alguien conoce las interioridades y componentes de nuestra tragedia son ellos, los noruegos.
Desde ya han quedado inscritos en la historia los dos discursos pronunciados en la solemne ocasión. El primero de ellos por el joven presidente del Comité Noruego del Nobel, Jorgen Watne Frydnes, quien fue perfilando, una por una, todas las aristas que configuran el estado de absoluto déficit democrático que asfixia a Venezuela tras el derrumbe gradual de sus instituciones y la no vigencia del Estado de Derecho.
Cualquiera de sus frases, precisas y lacerantes, pueden ser tomadas como corolarios del doliente historial venezolano. Esta es una de ellas: “La paz sin justicia no es paz. El diálogo sin verdad no es reconciliación. El futuro de Venezuela puede tomar muchas formas. Pero el presente es uno solo, y es horroroso”.
Fue el discurso de Jorgen Watne Frydnes denuncia y requisitoria. Lección de pedagogía democrática y llamado al mundo, donde aprecia un declive de los valores que conducen a la paz, la justicia y la libertad. Fue desmontaje del engaño revolucionario y solidaridad con la nación que lo ha padecido y que hoy ve a una cuarta parte de sus hijos en el exilio voluntario o forzado.
Y fue, por supuesto, homenaje a la lucha épica de Machado y a través de ella al pueblo venezolano: “María Corina Machado y la oposición venezolana han encendido una llama que ninguna tortura, ninguna mentira y ningún miedo podrán apagar”.
Remató con un mensaje diáfano y contundente a quienes usurpan el poder en Venezuela: deben aceptar los resultados electorales y renunciar a su cargo y “deben sentar las bases hacia una transición pacífica hacia la democracia porque esa es la voluntad del pueblo venezolano”.
Ana Corina Sosa Machado, hija de María Corina Machado y mientras esta, después de dieciséis meses de clandestinidad, iniciaba un largo y arriesgado periplo para llegar a Oslo, le correspondió leer –y lo hizo con emocionado aplomo– el discurso que su madre había preparado para la ocasión.
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En un párrafo resumió los rasgos más protuberantes de la tragedia de los últimos 26 años: “Desde 1999, el régimen se dedicó a desmantelar nuestra democracia, violó la Constitución, falsificó nuestra historia, corrompió a las Fuerzas Armadas, purgó a los jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió la disidencia y devastó nuestra diversidad”. Ruina, corrupción obscena y saqueo complementaron la descarnada descripción de nuestra crisis.
Cada señalamiento daría para un tratado sociológico, pero también se puede resumir en las tres palabras que utilizó el presidente Colombiano, Gustavo Petro, quien no vaciló al calificar las causas de los problemas que mantienen cercado a Nicolás Maduro y que provocó la indignación de este, como “falta de democracia”.
El de Machado fue un mensaje para ofrendar el reconocimiento internacional del Premio Nobel de la Paz al pueblo venezolano en su larga búsqueda por reencontrar la democracia, con un llamado clarísimo hacia el futuro: “La libertad se conquista cada día en la medida en que estemos dispuestos a luchar por ella”. Una etapa en pleno desarrollo.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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