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Abuelo de ninguna parte, por Wilfredo Velásquez R.



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Pensionados abuelo
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Opinión TalCual | enero 8, 2024

Twitter: @wilvelasquez


La primera vez que me llamaron señor, no me di por enterado, tenia tan solo 22 años y mi primer hijo en brazos.

También cargaba una pañalera cuyo significado no conocía a cabalidad.

Un señor, que si lo era de verdad, se dirigió a mi para cederme el derecho a subir primero al transporte público que utilizábamos.

Mi señorial privilegio, merecido o no, estaba motivado por mi condición de padre, o tal vez por mi evidente torpeza para lidiar con el niño y la pañalera a la vez.

Desde entonces ha transcurrido tiempo suficiente para pasar, de señor a Don, y ahora a una condición en que he perdido mi identidad, para ser llamado abuelo, por todos los que se dirigen a mi, menos por los nietos.

O sea… Soy abuelo.

Pero sin embargo, gracias a que tuve un abuelo, de esos que se extienden, como una «mata» en la sabana, brindando cobijo, sombra, alimentos, orientación y referencia en la inmensidad del llano, me sigo considerando nieto.

Este solapamiento de roles, me acosa con una imagen que me asombra, por un lado, el derecho, siento que voy, niño, travieso y preguntón, tomado de la mano de mi abuelo, que permanece como hombre de a caballo que era, paseándose conmigo, en ancas, por nuestros llanos orientales, contándome cuentos de muertos y aparecidos, y de la, para Él reciente, gesta libertadora y la guerra de la federación.

Se me confunden en la memoria, Boves, Zaraza, el Mocho Hernández y hasta Pérez Jiménez y sus referencias a la amistad, al valor y la honestidad.

Y del otro lado, el izquierdo, siento que voy agarrado por las manos diminutas de mis nietos, que son dos, una hembra, el otro varón y los dos catalanes.

En este desvarío de emigrante en que nos colocó el devastador socialismo del siglo XXI, no estoy seguro si mis pies permanecen en tierra venezolana o española o si por el contrario soy la cuerda, o comba, como se dice en España, que gira al ritmo del amor de mis nietos y de mi abuelo, en que soy también quien salta la cuerda, sin conseguir apoyarme en ninguno de los dos países.

Así voy tirando, aprovechándome del amor desinteresado de mis nietos, el recuerdo del abuelo, la extensión de mí mismo que son mis hijos y el poderoso anclaje a la realidad, que representa mi esposa.

*Lea también: España vs. España, por Wilfredo Velásquez

No me siento emigrante , al menos todavía, pertenezco a ese pedazo de tierra, (ex) paradisíaca, (ex) rica, generosa y de sorprendente geografía.

Esa tierra de sobresaltos, temores, sed, hambre y sombras, en que la han convertido.

Pertenezco, irreductiblemente, a un espacio del que me han desarraigado mediante la violencia sostenida.

Violencia ejercida por el hampa, uniformada pero no oficial, organizada e informal, la violencia que nos niega, a los mayores en igual medida, el acceso a la salud y a la seguridad.

Pertenezco sin importar el destino final de mis huesos, a esa tierra, que hoy le arrebata a nuestros niños el presente y los sumergen en un abismo de incertidumbre y desesperanza, donde nacer conlleva, intrínsecamente, los riesgos de la desnutrición, la educación deficiente, la alienación ideológica, hogares monoparentales y un incierto futuro.

Nos prometieron una sociedad de iguales, ahora rodamos indetenibles, por el precipicio socialista, hacia una igualdad de ropas raídas, apariencia famélica, desnutrición, enfermedades y desesperanza.

Aunque parezca lugar común, nuestro socialismo destruyó la clase trabajadora, los despojó de todos sus derechos, incluido el salario, les arrebató el valor más preciado de los trabajadores, su combatividad y el arrojo para pelear por sus reivindicaciones.

Los sumió en una dependencia aterradora del Estado.

Por otro lado ha surgido una burguesía depredadora, que abandonaron sus viviendas del INAVI, para habitar mansiones y construirse palacetes de descanso en algunos parques nacionales.

Mientras la movilidad urbana aumenta sus dificultades, ellos se mueven en impresionantes vehículos, rodeados de escoltas que apabullan al ciudadano.

La nueva aristocracia demuestra un total desprecio por el ambiente.

Pertenezco a todo eso.

Seguiré siendo abuelo y solo me consideraré emigrante, cuando pierda la esperanza de poder contribuir a mejorar a mi país.

Wilfredo Velásquez es poeta.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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