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Un “silbido” le confirmó a Maicker Acuña que su hermano había sobrevivido al terremoto



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Lucía Fernanda Ramírez | @LuciferRamirezG | julio 2, 2026

El doble terremoto que sacudió al país dejó 2.295 muertos, 11.267 heridos, según cifras estatales. En el litoral central, la catástrofe quedó marcada por los saqueos, la ausencia de rescate oficial y el colapso de infraestructuras que obliga a los sobrevivientes a enfrentar la demolición de sus hogares y el éxodo definitivo


Maicker Acuña estaba en Valencia cuando supo que las edificaciones de Playa Grande, donde vivía su hermano Pedro Acuña, habían sufrido daños severos en su infraestructura. Hacía apenas un mes que la familia había enterrado a otro familiar. Perder a Pedro no era una opción.

“Vi en el estado que un grupo de motorizados, amigos de Valencia iban a bajar. Me emparrillé, como decimos nosotros los motorizados y me vine”, cuenta el hombre de 43 años.

Al llegar, un conocido le aseguró que estaba vivo. Para él, aquello no era suficiente: necesitaba la certeza. “Quería verlo, abrazarlo. A nosotros se nos murió un hermano hace un mes. Pedro es el único hermano vivo que me queda en Venezuela”, cuenta. Por eso, al día siguiente, hizo el mismo viaje de vuelta desde Valencia hacia La Guaira, para empezar la búsqueda de nuevo.

Gracias a un primo que le dijo que seguramente su pariente estaba con el pastor de la iglesia a la que suele acudir, se dirigió hacia el lugar y empezó a llamarlo a viva voz, sin éxito. Desde otro punto, Pedro escuchaba los llamados de Maicker. Por eso, intentó avisar su posición: “Estoy aquí”. Al ver que la voz no bastaba, optó por hacer un silbido familiar entre ellos.

“Mi hermano conoce mi silbido. Enseguida apareció y vi su cara llena de lágrimas y una sonrisa”, rememora Pedro. Esa misma noche, como cuando eran niños, decidieron dormir juntos y abrazados en el refugio improvisado en el que permanecen.

Pedro, el mayor de los hermanos, cuenta que se salvó de milagro. Aún no entiende cómo salió ileso debido a que, por el terremoto, tuvo que lanzarse de un segundo piso del lugar en el que estaba. “Yo estaba con mi tía que iba a ser operada”, cuenta, al mismo tiempo que muestra unos cuantos golpes que sufrió. Apenas moretones.

Foto | Lucía Ramírez

Reconstruir el hogar

Pedro Acuña, residente del sector Playa Grande, de La Guaira, lamenta que durante el movimiento telúrico las personas hayan aprovechado para saquear. Él mismo fue víctima debido a que tiene un local de donde se robaron muchas cosas. Para él, no solo afectaron la barbería, que es su negocio, sino también su casa, porque vive allí.

Los Acuña residen en La Guaira desde que nacieron. El impacto del doble terremoto transformó por completo la realidad de todo el estado La Guaira, dejando una destrucción generalizada en la infraestructura que las comunidades apenas empiezan a asimilar. Según el balance oficial ofrecido por el Gobierno, la magnitud del desastre ya suma 2.295 fallecidos y 11.267 heridos. En el caso de Pedro, dice que no piensa irse del lugar que lo vio crecer. “Yo seré parte de los que vean cómo se va a reconstruir La Guaira”, dice.

Lamenta que las autoridades le advirtieron que su negocio y hogar, tendrá que ser demolido, pese a no sufrir daños.

La barbería, ubicada frente al complejo Luisa Cáceres de Arismendi, ha sido su sustento desde hace más de 10 años. “Esto antes era una peluquería. Yo la acomodé y la convertí en esto”, dice mientras observa los muebles y materiales de su negocio. Como puede, aunque ya no puede prestar servicio, intenta acomodar el mobiliario y organizar. Se sienta afuera de vez en cuando, mira los derrumbes a su alrededor y sigue.

No se queda quieto. Por la zona ha ofrecido cortes de cabello y, junto a su hermano Maicker, se ha dado a la tarea de correr la voz y buscar insumos para quienes lo necesitan. Maicker lamenta no solo lo ocurrido en La Guaira, sino las distintas crisis que ha atravesado su país a lo largo de los años y que obligó a tantas familias a separarse. Entre esas, la suya.

“Vivimos sin comida, sin plata, sin combustible y sin embargo somos tan alegres que hemos salido adelante”, expresa.

Insiste en que los venezolanos son admirables puesto a que, pese a todo, buscan la manera de volver a sonreír y ayudar a los demás. Ver cómo los mismos vecinos con pocos materiales llevaron a cabo las labores de rescate ante la magnitud de la catástrofe que golpeó a la Guaira, reafirma su pensamiento.

La ayuda que nunca llegó

En el sector Caribe, la silueta de las residencias OPP 26 quedó reducida a un esqueleto de placas superpuestas. Allí, en el piso 11, Yamileth Josefina Matos estaba en su casa junto a su hijo de 17 años y una amiga de él que se encontraban en la vivienda porque estaban estudiando algo para la universidad.

“Estábamos juntos en la sala. Yo estaba acostada viendo la televisión y escuché un sonido en el teléfono. Lo ignoré por un momento, cuando veo que dice alerta, no terminé de leer, pero sí sentí la vibración y le grité a mi bebé: está temblando”, rememora.

Foto | Lucía Ramírez

Acto seguido, corrió hacia la puerta con el propósito de huir. Su hijo regresó a buscar a su amiga. Yamileth solo vio su silueta al llegar a la entrada debido a que luego empezó el segundo temblor. Yamileth no olvida el sonido de la edificación colapsando tras el terremoto: “Sonaba bum, bum, bum, como si cayeran muchas cosas detrás de nosotros. Imagino que era lo que caía por los pisos”.

Ella empezó a gritar el nombre de su hijo, a quien agarró como pudo. Después de eso, recuerda haber quedado atrapada entre dos placas de la estructura. Una de las vigas fracturó su pierna. “Una viga me rompió la pierna. Me dobló la rodilla y el pie quedó entre una viga y un pedazo de cemento”, describe sobre la extremidad que necesitó clavos.

Cuando abrió sus ojos y el polvo se disipó, se dio cuenta de que estaba en el estacionamiento. Aún no sabe cómo llegó ahí. Al escuchar voces, notó que eran de los hijos de su vecina -quien también era su mejor amiga-, que estaban buscando a su mamá. Empezó a llamar al joven, pero él no le respondía. “Yo me quedé ahí y dije: si mi hijo se murió, yo también. No me voy a parar de aquí”, dice entre lágrimas.

Al cabo de unos instantes, escuchó a su hijo pidiendo ayuda. “Mamá, me estoy quemando. Auxilio, ayúdame, mamá. Me estoy quemando”, dice al recordar las súplicas que no logra borrar de su mente. “Eso me partió el alma”, agrega.

Ella misma tenía una bombona de gas en el costado de su hombro izquierdo. Pero, al escuchar las peticiones de auxilio, trató de quitarse los escombros de encima. Aún le duelen las uñas de sus manos por ello.

Los hijos de su mejor amiga lograron liberar al adolescente, quien tiene una pierna quemada. Luego fueron por ella. “Ellos me decían que iba a perder el pie. Yo les decía: ´No importa, sáquenme´. Cuando me sacaron, explotó una bombona”, recuerda. En ese momento puso una tapa cerca de su rostro para que el fuego no le hiciera daño.

Foto | Lucía Ramírez

En la acera ponían a todos los que estaban rescatando. No veía a su hijo. Pronunció su nombre con fuerza. Él le respondió y le dijo que no podía ir donde ella porque estaba quemado. Ella le pidió que fuera, que lo quería cerca.

“La ayuda nunca llegó”, dice Yamileth, que lo único que recuerda es que pasó la noche esperando un rescate que jamás llegó. No quería morir en el lugar que estaba cubierto de humo por bombonas de gas que explotaron en los alrededores. Su hijo le pedía que no se durmiera. Para cuidarse, ambos acordaron dormir por turnos.

Curar las heridas

Gracias a un vecino que la movilizó en moto al día siguiente, llegó a la sede del Seguro Social, en La Guaira, a la 1:00 p.m. aproximadamente, en donde por fin pudo tener asistencia. Después, fue llevada al Hospital Dr. José María Vargas y su hijo, al Domingo Luciani, en El Llanito.

Allí le dieron de alta y lo enviaron de vuelta a casa, algo que ella no entendía debido a la gravedad de las quemaduras. Cuando hablaban por teléfono él le decía que estaba bien, pero ella no lo creía. La gravedad de su estado lo llevó a hospitalizarse luego en el hospital Vargas.

Foto | Lucía Ramírez

Dice que allí la atención ha sido buena. Señala que al principio tenían muchos insumos provenientes de donaciones. De acuerdo con una enfermera que prefirió mantenerse bajo anonimato, la ayuda empezó a limitarse, lo que dificulta la atención. Yamileth le da la razón y añade que “antes pasaba hasta comida para nosotros y los familiares, pero ya no y así es difícil”.

Agradece a su familia que fue desde Guárico a La Guaira a buscarla. Son quienes ahora les hacen compañía en la sala de recuperación, junto con la hermana que reside en la capital.

Todos los días los recuerdos de una vida junto a su hijo y vecinos, que considera como “feliz”, vienen a su mente.

“Mamá, no vamos a llorar. Vamos a curarnos y nos vamos lejos, a llorar todo lo que hemos perdido”, le dice su hijo, quien fue operado la mañana del 1 de julio y estabilizado tras las quemaduras.

Yamileth recalca que se ha abstenido de ver las noticias y ver videos de sufrimiento que ella misma vivió. Tampoco quiere regresar a La Guaira, un sector que alberga los recuerdos que pasó durante tantos años de su vida.

“Ahora me voy a dedicar a mi hijo, a mi vida, a cosas simples. A lo mejor vuelvo a visitar las tumbas de mis amigas”, dice la mujer de 48 años que trabajaba como costurera y tenía una pequeña bodega en su apartamento. Sabe que les costará curarse.

La OPP 26, del sector Caribe, es una de las edificaciones que colapsó ante el terremoto. De acuerdo con América Torres, residente del área de cirugía general y urología del hospital Vargas en Caracas, el último sobreviviente de la edificación fue rescatado el pasado 30 de junio, de donde “escasamente” han rescatado 16 personas con vida.

Foto | Lucía Ramírez

 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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