Refugio en el parque del Oeste: Al menos 1.000 damnificados de La Guaira buscan auxilio
Aunque el Gobierno todavía no ha utilizado formalmente la figura de refugiados para los sobrevivientes de Vargas, algunos de ellos permanecen agrupados en el Liceo Miguel Antonio Caro, dentro del Parque del Oeste, donde reciben buena parte de la ayuda que llega
«Los de La Guaira», dice un modesto cartel verde colgado de un toldo a las afueras del Parque del Oeste, en Caracas. Debajo, varios voluntarios anotan nombres, números de cédula y cualquier dato que permita llevar un registro de quienes han logrado salir de Vargas. La lista no deja de crecer. En apenas dos días, al menos mil personas provenientes de ese estado han sido censadas en ese punto.
Ana Suárez es una de ellas. Tiene 28 años, está embarazada de 30 semanas y es madre de tres niños. Solo uno está con ella: la más pequeña, de tres años. Los otros dos, de ocho y 11, permanecen con su padre, de quien está separada desde hace años. Desde la noche del terremoto no sabe nada de ellos.
«Empezaron a decirnos que teníamos que irnos, que venía la ola cerca y empezamos a correr. Mi hermano me montó en un carro. Mi esposo se quedó con la niña y corrió para montarse», recuerda sobre las horas que le siguieron a los terremotos del 24 de junio, cuando la supeusta alerta de tsunami desató una evacuación desesperada.
Durante varios minutos tampoco supo qué había pasado con su esposo. Habían acordado encontrarse en el Parque del Oeste, donde, finalmente, volvieron a verse. Pero la angustia no terminó ahí.
«Lo más duro ha sido no poder abrazar a mis otros dos hijos desde que empezó todo esto. Hay algunas personas que me dicen que están bien, pero no los he podido ver. Eso me tiene mal».
Vivía en Playa Verde. Su vivienda quedó destruida. Pasó una sola noche en el Polideportivo antes de ser trasladada a Caracas. Ahora toda su preocupación está puesta en esos dos niños que permanecen en una zona que considera de alto riesgo.
«Quisiera que su papá los trajera. Siento que no es seguro que ellos estén allá».
No hay electricidad. Tampoco señal telefónica. Intentó llamarlos una y otra vez desde líneas Digitel y Movistar. Aunque ningún intento funcionó, tenía que hacerlo. Son sus hijos.
Ana también perdió sus documentos. Lo perdió casi todo.
Mientras habla, su hija colorea un dibujo de una rana impreso sobre una hoja de papel. Está sentada encima de la cobija donde ambas durmieron la noche anterior, a cielo abierto.
«Nos censaron. No tenemos documentos, no tenemos nada. Nos censaron para darnos unos colchones».
A pocos metros, una montaña de jeans, camisas, suéteres y zapatos ocupa buena parte del parque. Algunos damnificados caminan sobre ella buscando una talla. Otros improvisan un sistema de distribución.
«Camisa de niño talla seis», grita uno. Varias manos se levantan. Vuela de un lado al otro. Después vienen los zapatos.Talla 30. Talla 36. Talla 40.Niño. Mujer. Hombre. Niña. Es un coro constante.

Así transcurren las horas en el Parque del Oeste, convertido ahora en un refugio improvisado donde la necesidad convive con una cadena de solidaridad. Vecinos, voluntarios e incluso buhoneros llegan con bolsas de ropa, arepas recién hechas, almuerzos, juguetes o chupetas para los más pequeños.
La comida alcanza y la solidaridad también, pero ninguna de las dos reemplaza un hogar.
Ender Delgado, de 72 años, llegó desde Tanaguarena. No fue trasladado por las autoridades. Llegó pidiendo cola.Son 14 personas en su grupo familiar. Esperaba la llegada de cinco más para continuar el viaje hacia Puerto Píritu, en Anzoátegui, donde viven otros familiares.
Una camioneta los llevó hasta El Trébol, al inicio de la autopista Caracas-La Guaira. Después otro vehículo los acercó hasta Gato Negro. No todos pudieron montarse. Dice que durante el trayecto recibió agua, jugo y comida, pero cuando buscó ayuda para salir definitivamente de Vargas, la respuesta fue otra.
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«Estuve buscando a Defensa Civil y nos dijeron que teníamos que ir a un terminal privado y pagar el pasaje para venirnos».

Sintió que, al final, tuvo que resolver por su cuenta. Y él no es el único.
A medida que pasan las horas, también comienzan a aparecer tensiones entre quienes lograron salir de La Guaira y otras familias de Caracas que ya permanecían en el parque tras perder igualmente sus viviendas.
Aunque el Gobierno todavía no ha utilizado formalmente la figura de refugiados para los sobrevivientes de Vargas, algunos de ellos permanecen agrupados en el Liceo Miguel Antonio Caro, dentro del Parque del Oeste, donde reciben buena parte de la ayuda que llega.
Anyimar Díaz llegó el jueves por la noche. La noche anterior la pasó completamente en la calle. Hoy sigue sin saber adónde ir. Tiene 19 años y un hijo de dos.
«Están censando puro a los de La Guaira. Nosotros necesitamos que nos censen porque tampoco tenemos casa. A ellos les dan más atención, pero a nosotros también se nos cayó la casa. Necesitamos que nos manden para un refugio. La casa donde vivía está destruida y estamos mal por eso. Tenemos diez niños aquí».
En un parque donde abundan las donaciones, las listas de nombres y las manos dispuestas a ayudar, la incertidumbre también empieza a abrirse paso entre quienes, aunque llegaron desde distintos puntos, hoy comparten el mismo suelo para dormir.






