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Todas estamos pasando por lo mismo: madres siguen buscando a sus hijos



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TalCual | agosto 3, 2026

Cuando los terremotos estremecieron el edificio en el que vivía en La Guaira, Enmanuel, de 10 años, no estaba allí. Nunca volvió. Desde ese 24 de junio, Rosana Carvajal, su madre, no ha parado de buscarlo. Ha ido a hospitales, morgues y refugios, y no ha hallado noticia alguna. En el camino, descubrió que, como ella, hay otras madres que no saben a dónde fueron a parar sus hijos. Y siguen buscándolos

Texto y fotografías: Gabriel Hernández | La Vida de Nos


Al final de la tarde del 24 de junio, Rosana se percató de que en casa no estaba uno de sus hijos. Enmanuel Gámez Carvajal, de 10 años, había salido. “¿A dónde se habrá metido este muchacho?”, pensó ella. Supuso que, una vez más, estaba en la cancha jugando con los vecinos. Sobre todo en días como ese —que por ser feriado no había actividades en el colegio—, era común que los niños se reunieran allí a pasar el rato.

Le escribió por WhatsApp:

“Hijo, ¿dónde estás? Necesito que te vengas a la casa”.

Fue como si algo —¿acaso el instinto materno?— le hubiera avisado lo que estaba a punto de suceder. Cuando minutos después el suelo se tambaleó, ella aún no sabía que el niño había dejado el celular en casa. No pudo —y no podría— leer su mensaje.

Las paredes de la casa crujían; las cosas caían al suelo. Rosana y sus otros dos hijos —Ezequiel Gámez, de 13 años; y Eloy Gámez, de 12— salieron del apartamento a toda prisa. Diez pisos los separaban de la planta baja del edificio, uno de los cuatro que conformaban el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, levantado un tiempo atrás por la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) como parte de la Misión Vivienda, en la parroquia Urimare de La Guaira.

Cuando llegaron al piso 3, se dieron cuenta de que el 2 y el 1 ya no existían: se habían hundido. Lograron salir, y se percataron de que la torre de al lado, la D, se había desplomado. Corrieron hasta la avenida principal de la urbanización Playa Grande, que les quedaba a unas pocas cuadras. A Rosana le temblaban las manos. Imbuida en una nube de polvo, lloraba y pedía ayuda, como la mayoría de los vecinos.

“¡Enmanuel, Enmanuel!”, gritaba.

Con sus otros dos hijos, regresó hasta los escombros para tratar de conseguirlo.

“¡Enmanuel, contesta, por favor!”.

“¡Hermano, dinos que estás bien!”, gritaban Ezequiel y Eloy.

Allí se quedó, tratando de hallar algún rastro de su hijo más pequeño. Un par de horas después, pasadas las 8:00 de la noche, llegó Daniel Fernández, pareja de Rosana, quien vivía con ella y los niños. Él estaba trabajando en Caracas, y apenas supo de la catástrofe en que se había convertido La Guaira, prendió su moto y bajó a ver cómo estaban.

—No encuentro a Enmanuel, nadie sabe nada de él —le dijo al verlo.

—Tranquila, vamos a buscar con calma; estoy seguro de que pronto lo encontraremos.

Entonces comenzaron los recorridos.

Primero en el Hospital Naval Doctor Raúl Perdomo Hurtado, porque algunas personas comentaban que allí estaban llevando a los heridos. En la emergencia de ese centro médico, ubicado a poco más de 1 kilómetro de distancia, vieron muchos niños, pero ninguno era Enmanuel.

Luego, fueron hasta la Clínica Popular Doctor Alfredo Machado (conocida como “el hospitalito”, en Catia La Mar) y allí tampoco estaba.

Decidieron recorrer las urbanizaciones Hugo Chávez y Playa Grande, ambas cercanas a la suya. Y así, dando vueltas por esas calles de estructuras agrietadas o derrumbadas, les dio la madrugada.

 

En algún momento de la noche, Rosana se topó con Dennis Lara, un amiguito de Enmanuel, de 10 años. Estaba solo, no encontraba a sus familiares. Al verlo le preguntó si sabía algo de Enmanuel, y este le respondió que no. Rosana luego contaría que intentó resguardar a Dennis, pero que, en medio de la oscuridad —desde que tembló, no había electricidad en La Guaira— le perdió la vista. Intentó volver a conseguirlo, dio un par de vueltas, pero no volvió a verlo.

Apenas Rosana tuvo cobertura en el celular, llamó a Bárbara Gámez, tía de Enmanuel, para pedirle ayuda con Ezequiel y Eloy. Necesitaba que alguien los cuidara mientras ella continuaba sus búsquedas. Ella —que estaba en Caraballeda, a 36,6 kilómetros de distancia, donde también hubo destrozos— le prometió que iría apenas amaneciese. También logró comunicarse con su hermana menor, María Rosaura Román, y su esposo, Edwins Delgado.

Tan pronto salió el sol, llegaron y trazaron una ruta: Bárbara, María Rosaura y Edwins comenzaron a recorrer los principales centros de salud de La Guaira.

Fueron al Hospital Doctor José María Vargas.

Fueron al Hospital Doctor Rafael Medina Jiménez.

Fueron al Hospital Materno Infantil de Macuto Ana Teresa de Jesús Ponce.

Pero nada.

Al final de la tarde, Bárbara llevó a Ezequiel y a Eloy a la casa de su abuela materna en Antímano, Caracas. Ella se encargaría de atenderlos.

Al día siguiente, 26 de junio, Rosana y Daniel decidieron comenzar a escarbar en los escombros del urbanismo: no habían querido pensar que, en verdad, el niño podía estar allí atrapado.

Mientras, otros familiares se dedicaron a diseñar, imprimir y pegar carteles con la cara de Enmanuel en La Guaira. Algunos hasta se trasladaron a Caracas con la esperanza de que el niño estuviera en la capital, hospitalizado o en algún refugio.

Fueron al Hospital General Doctor Miguel Pérez Carreño.

Fueron al Hospital Médico Quirúrgico Doctor Ricardo Baquero González.

Fueron al Hospital Domingo Luciani.

Fueron al Parque del Oeste Alí Primera.

Fueron al Parque Generalísimo Francisco de Miranda.

Esa ruta de búsqueda también fue infructuosa.

Entonces volvieron sin noticias. A las 11:00 de la noche, cansados, frustrados y angustiados, estaban todos reunidos cuando sonó el celular de Rosana.

—Sí, dígame. ¿Con quién hablo?

—La estoy llamando porque vi el anuncio de su hijo que está desaparecido.

—¡¿Sabe dónde está?!

—Lo vi en el Hospital Domingo Lucini.

—¿Está segura, señora?

—Claro, es él. Tiene un hematoma en uno de sus ojos.

Debía ser verdad: Enmanuel tiene un hematoma en uno de sus ojos.

Daniel y Rosana se fueron en moto a ese centro médico, en el este de Caracas. Casi que daban por hecho que se devolverían con su niño. Pero los vigilantes no le permitieron entrar. Rosana lloró, les suplicó, les dijo que le habían informado que ahí estaba su hijo, que no sabían de él desde el terremoto. No los logró convencer: solo le indicaron que revisaran las listas que estaban pegadas en la entrada. Y le advirtieron que si no leían el nombre de su hijo en alguna de ellas, era porque no estaba.

Leyeron cada una de las seis hojas de papel.

Enmanuel Gámez Carvajal no figuraba en el montón de nombres.

La mañana del 27 de junio, Rosana, Daniel, su hermana y su cuñado volvieron a recorrer los hospitales. Y hasta se atrevieron a ir a una morgue, la de Pariata. Volvieron a donde siempre y como siempre: a los escombros y sin noticias. Allí, en la tarde, Rosana se topó con cuatro madres. Todas residían en el mismo edificio que ella, todas con hijos, amigos de Enmanuel, también desaparecidos.

—Es probable que nuestros hijos estuvieran juntos al momento del terremoto —le dijo Dayana Delgado, madre de Brayne Delgado, de 8 años.

—¿Por qué lo dices?

—Porque estaban juntos en la cancha.

—Nosotras también hemos estado buscando, todas estamos pasando por lo mismo —intervino Betsabeth Carmona, madre de Paúl Pérez Carmona, de 11 años.

—Yo vi a Dennis el 24, justo después del terremoto —se incorporó Rosana—. Recuerdo que le pregunté si había visto a Enmanuel y me dijo que no. Luego se fue de mi lado y en medio de la oscuridad, no logré ver a dónde. Lo busqué, pero no lo conseguí.

—¡Mucha gente me ha dicho que lo vio, pero no sé nada de él! —respondió Yeinys Lara, madre de Dennis Lara.

—Nos toca unir fuerzas —dijo Rosana—. Si aparece el hijo de alguna, deberían aparecer los hijos de todas.

Desde ese día Rosana, Betsabeth, Dayana, Yeinys y Ockary Castillo (madre de Eros Gabriel Medina, otro niño, de 6 años) mantienen un grupo de WhatsApp, en el que se comparten información, comentan los posibles lugares en los que podrían estar los niños, coordinan recorridos juntas por La Guaira y Caracas. Todas con el mismo objetivo: encontrar a sus hijos.

La noche de aquel día en que habló por primera vez con ellas, Rosana armó una pequeña carpa a unos 800 metros del edificio en el que vivía. Al día siguiente llegaron máquinas pesadas para remover escombros. Apenas las vio, tuvo esperanzas de poder encontrar a Enmanuel.

Pasó el día y la noche ahí, junto a algunos vecinos, levantando escombros, sacando cuerpos de otros habitantes de la urbanización. Mientras, sus familiares continuaban buscando en La Guaira y Caracas.

El 10 de julio una vecina de los abuelos paternos de Enmanuel llamó a Rosana y le aseguró que Enmanuel estaba en el Parque del Oeste Alí Primera, pues ella le había enseñado una foto a una de las empleadas del Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (Cpnna) de Caracas, y esta le había dicho que Enmanuel estaba ahí. Incluso, la señora le envió la foto de una lista que estaba pegada en la entrada del parque: aparecían su nombre y apellido.

Rosana se fue hasta allá. Pero al llegar, trabajadores del Cpnna no le permitieron entrar al parque, y le dijeron que su hijo no estaba ahí. Rosana, molesta, se fue hasta la sede del Ministerio Público en La Hoyada para interponer una denuncia contra los funcionarios del Cpnna. Ahí le dijeron que irían al parque a corroborar si era cierto que Enmanuel estaba allí.

“Cualquier cosa, la llamamos”, aseguraron.

Pero nunca la llamaron.

Ese día fue a todos los refugios y campamentos transitorios instalados en Caracas y en ninguno le permitieron entrar: le dijeron que los niños que tenían estaban en compañía de sus familiares.

Rosana se mantuvo haciendo recorridos y sacando cuerpos y escombros del urbanismo. No estaría tranquila hasta encontrar a Enmanuel, aunque su cuerpo comenzó a manifestar signos de cansancio: le dolían las articulaciones, le dio fiebre, le costaba respirar.

*Lea también: Las OPPPE de La Guaira no eran el lugar seguro que prometió el gobierno

El 18 de julio, la maquinaria dejó de operar en el urbanismo. Ya no había escombros ni personas que buscar. Pero ella no se fue de allí: siguió en la carpa. Se aferró a la idea de que Enmanuel podría regresar a buscarla al edificio. El 25 de julio, Daniel decidió convencerla de que permanecer ahí no tenía sentido:

—Rosana, lo mejor será que te vayas a casa de tu mamá.

—No quiero ni puedo irme sin saber nada de Enmanuel.

—Lo entiendo, pero ya estás cansada y enferma. Tienes una infección respiratoria que no mejora por seguir durmiendo en la carpa. Tienes casi una semana con fiebre. Tienes que descansar.

—Me da miedo perder a mi hijo para siempre… Si me voy, necesito dejar un plan de búsqueda para encontrar a Enmanuel.

—Puedo continuar haciendo recorridos todos los días; puedo seguir preguntando y pegando afiches —le dijo intentando calmarla.

—¿Y si no es suficiente? Hasta ahora nada ha funcionado.

—Eres una excelente madre; Enmanuel también quisiera que descansaras un poco. Hazlo por ti y por tus otros hijos.

Desde ese día Daniel va todos los días a La Guaira.

Sigue pegando afiches y preguntando en los centros de salud de la región. La familia de Rosana hace lo mismo en Caracas; mientras ella, ahora viviendo en Antímano con su mamá, se mantiene en comunicación con las otras madres.

Todas mantienen la esperanza de que sus hijos siguen con vida.

Esta historia es parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y TalCual.

 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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La vida de nosTerremotos en Venezuela 24 de junio


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