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La paradoja de la estabilidad: elecciones y oportunidades, por Félix Seijas Jr.



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venezuela transición Portada Estabilidad y Elecciones Opinión TalCual
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Opinión TalCual | enero 22, 2026

*Félix Seijas Jr. es Estadístico, Ph.D en Análisis de data compleja y Director de la encuestadora Delphos X: @felixseijasr


Luego de los hechos ocurridos en Venezuela el pasado 3 de enero, el país atraviesa una etapa de ajustes. Por un lado, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la jefatura de gobierno bajo la figura de presidenta interina, mientras que el primer mandatario de los EEUU, Donald Trump, insiste en calificarla como «autoridad provisional». Trump afirma que es él quien controla y controlará el poder «…hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa».

A qué se refiere el mandatario norteamericano cuando dice «transición» es algo que parece no estar definido; sin embargo, como parte de ese proceso, ha asomado la posibilidad de celebrar nuevas elecciones. El tiempo que, según la perspectiva de Trump y su equipo, tomará llegar a ese punto es aún más difícil de definir, aunque a partir de distintas declaraciones de estos actores podemos suponer que no están hablando de pocos meses.

Si la situación desembocase en nuevas elecciones, surge la pregunta de cómo sería el balance de las fuerzas que entrarían en la contienda. ¿Puede el chavismo ser competitivo? ¿Arrasaría la oposición? Para muchos las respuestas a estas interrogantes pueden parecer obvias, ya que los números de apoyo popular hoy lucen desfavorables para quienes ocupan el poder; sin embargo, estas cifras esconden un potencial para el chavismo que vale la pena analizar.

El porcentaje de personas que se autodefinen como chavistas en Venezuela ronda el 22%, de los cuales la mitad dicen estar comprometidos a toda prueba con esa fracción política. La otra mitad, por su parte, si bien expresa simpatía con el chavismo, a su vez declara estar decepcionada de la actual gestión de gobierno, esto debido, principalmente, al tema económico. Durante los últimos años, esta mitad se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para el oficialismo cada vez que este intenta movilizarlos para cualquier tipo de actividad, como por ejemplo los eventos electorales.

A estas cifras debemos sumar algo cercano al 13% de personas que, aunque no dicen identificarse con el chavismo, al profundizar en aspectos relacionados con sus inclinaciones políticas encontramos que ellos pueden ser clasificados como cercanos a lo que ese movimiento representaba en sus raíces. Los estudios muestran que el principal motivo por el que estas personas se alejaron de la acera roja es el deterioro de la economía del país, y las consecuencias que esto ha tenido en sus condiciones de vida.

Tenemos entonces que, haciendo cuentas, el chavismo mantiene un apoyo potencial aproximado del 35%, compuesto de un 11% movilizable, 11% difícil de movilizar y un 13% muy difícil de movilizar.

Ahora bien, para que el oficialismo tenga alguna oportunidad de aumentar su capacidad de maniobra sobre esta población, la percepción negativa sobre la situación económica del país debe cambiar. Aquí es donde el chavismo, haciendo gala de la habilidad que ha demostrado cada vez que se encuentra en aprietos, puede intentar ejecutar movimientos precisos que le permitan mantener el balance del tablero a su favor. Veamos por qué.

Donald Trump ha expresado en reiteradas oportunidades que la prioridad de su gestión es la estabilidad de Venezuela, una que garantice el control del sector petrolero. De hecho, «estabilización» representa la primera fase de las tres que el secretario de Estado, Marco Rubio, ha expuesto como el plan para la democratización del país. Luego vendría la fase de recuperación, que apunta a la reactivación económica y a la reconciliación nacional, para entonces culminar con la fase de transición, que es en la que algún evento electoral podría ocurrir.

Mantener la estabilidad en Venezuela pasa por un aspecto clave, que no es otra cosa que garantizar gobernabilidad. Al final, negocios son negocios y, desde la perspectiva de Washington, una situación de caos en el país representaría un obstáculo para sus objetivos, con las consabidas consecuencias que esto tendría en el juego político del mismo Estados Unidos. Si el gobierno norteamericano quiere algo rápido, limpio y de bajo riesgo, debe asegurar orden.

En este sentido, y al menos de que Trump plantee ejecutar lo que él calificó como «…un despliegue mucho más grande…», que suponemos desea evitar a toda costa, Washington necesita asegurar que en Venezuela exista una estructura con las piezas necesarias para mantener el orden social y garantizar el funcionamiento administrativo de la nación. Estas piezas, sin duda, deben tener ascendencia tanto en lo político como sobre aquellos que controlan las armas.

Los hechos, hasta el presente, indican que el mandatario norteamericano considera que los mismos actores del gobierno de Nicolás Maduro son los adecuados para estos fines; eso sí, según palabras del mismo Trump, esto sucedería bajo el control que él asegura puede ejercer sobre ellos. Por su parte, la administración de la actual presidenta interina, Delcy Rodríguez, afirma que mantiene el poder por fuerza propia, y que desde ahí ha decidido enfrentar la situación con los Estados Unidos por la vía diplomática. Pues bien, más allá de los discursos, lo cierto de esto es que son ellos, Delcy Rodríguez y su equipo, quienes ocupan hoy Miraflores, con una estructura casi intacta, y conservando algún margen de acción propio.

Mientras tanto, el gobierno norteamericano ha prometido impulsar mejoras económicas y sociales que la población venezolana pueda sentir en su día a día. Frases como «El vínculo de asociación de Venezuela con los EEUU… hará que el pueblo venezolano sea rico, independiente y seguro», o «Amo al pueblo venezolano y ya estoy haciendo que Venezuela vuelva a ser próspera y segura», más allá de si representan o no gestos altruistas del presidente Donald Trump, transmiten que Washington está dispuesto a impulsar acciones que promuevan mejoras en las condiciones de vida de la gente.

Un primer gesto en este sentido lo encontramos en el anuncio del «acuerdo estratégico» para la venta de 30 a 50 millones de barriles de petróleo, en el que Trump afirmó que, «…yo, como presidente de los EEUU, controlaré ese dinero para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo venezolano y de los EEUU». Luego, en el camino hemos visto medidas como la propuesta de reforma de la Ley de Hidrocarburos, la inyección de 300 millones de dólares a la banca nacional para aliviar la escasez de divisas en sectores específicos del mercado local, entre otras cuyos efectos empiezan a notarse en indicadores como el cierre de la brecha cambiaria.

Según la visión norteamericana, entrar en la tercera fase, que es la que podría contemplar una posible elección presidencial, llevará su tiempo. Marco Rubio ha dicho que el avance será gradual y que no se puede esperar llegar a ese punto de manera inmediata, ya que primero deben asegurar que las condiciones sean las adecuadas. Mientras esto sucede, y como comentamos en el párrafo anterior, el tema económico en el país puede producir señales de recuperación de la mano de Washington y de la necesidad estratégica de Miraflores. De ser así, los venezolanos comenzarían a percibir cambios positivos en su día a día, y todo esto en un ambiente de estabilidad social, o al menos de orden público.

Si algo así ocurre, una de las posibles consecuencias es que lo descrito en estas líneas mejore la percepción negativa que la gente tiene en cuanto al desempeño del gobierno en materia económica, es decir, se aliviaría el principal muro de contención para reconectar con aquellos que aún conservan simpatías por el oficialismo, pero que hoy se encuentran alejados de sus aguas. Esto produciría dos efectos: por un lado, es obvio que el gobierno puede recuperar capacidad de movilización y, por otra parte, disminuye el sentido de «urgencia» por el cambio en una parte de la gente (alrededor del 30%) que no es «fiel» a ninguna organización o liderazgo político.

Para ilustrar el peso que en la población venezolana tiene el tema económico, basta recordar aquel episodio que el país vivió hace apenas cuatro años, en 2022, cuando, por distintos motivos, se extendió por el territorio nacional la sensación de que estaba en marcha una recuperación económica que, sin haberse materializado, hizo subir en pocas semanas el porcentaje de personas que evalúan como positiva la situación del país (del 18% al 35%), así como también el porcentaje de personas que se autodefinen como chavista (del 22% al 29%). Una vez que la percepción de recuperación se desvaneció, las cifras retrocedieron a los niveles acostumbrados.

Pensemos entonces en un escenario en el que en uno o dos años los hechos conducen a un proceso electoral. Si esto sucede en el contexto de un ambiente económico favorable, en el que parte de la población reconozca en ello logros del gobierno, existe la posibilidad de que el chavismo logre reconectar con un segmento de ese 35% de apoyo potencial explicado arriba.

Supongamos ahora que esto le permite al oficialismo mover, en una eventual elección, no el 35%, sino el 25% del padrón electoral. Supongamos, además, que un escenario así reduce el sentido de urgencia por el cambio en aquella población que no se identifica con ninguna corriente política, lo que propicia la desactivación de una parte de ella y, como consecuencia, el aumento de la abstención hasta, digamos, un 50% (recordemos que, según las cifras emitidas por el CNE, la abstención en la elección presidencial del 28 de julio de 2024 alcanzó el 42%, cifra que coincide con lo señalado por la oposición, y que incluye un 20% de la población registrada en el padrón electoral que no tiene posibilidad de votar por estar fuera del país). Como 25 más 50 suma 75, ya vemos que en un escenario como este podemos estar ante una confrontación electoral ajustada.

El oficialismo podría intentar preparar el terreno para que una situación así se materialice.

Por su parte, el reto de la oposición venezolana sería trabajar para minimizar los efectos aquí descritos; y no me refiero a jugar en contra de la mejora de las condiciones de vida de los venezolanos, ya que eso es algo que todos debemos estimular y celebrar, sino de desplegar una labor coordinada, armoniosa, unitaria, para conectar con la población y transmitir, de manera adecuada, tanto sus ofertas como los atributos que consideran los diferencian de su rival político.

Por supuesto, aquí hablamos de uno de los tantos escenarios que pueden ocurrir, varios de los que se alejan de lo planteado en estas líneas. Incluso, el que aquí describimos tiene múltiples realidades alternas.

Por ejemplo, en el camino podría habilitarse para votar a una buena parte de la diáspora. También cabe la pregunta de quién terminaría capitalizando, en la práctica, los cambios en la percepción de las condiciones económicas del país. Además de un tema vital, que es cómo se moverán las organizaciones y los líderes opositores, sabiendo que todo esto sucede en un contexto en el que estas fuerzas se encuentran diezmadas, con la mayoría de sus piezas en el exilio, con una estructura y capacidad de acción interna limitada, con diferencias que parecen acentuarse en lugar de subsanarse estratégicamente, y bajo la lupa de Miraflores que, como ya comentamos, aún tiene capacidad de operar.

*Lea también: EEUU «aprobó» primero que los diputados de la AN los cambios a la Ley de Hidrocarburos

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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