Los terremotos, el Estado fallido y la respuesta colectiva (II), por Samuel Pérez Hermida
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Como de seguro recordarán nuestros amables lectores, en mi artículo anterior les mostré las respuestas que le di a mi amiga Vanessa, quien el pasado domingo 12 de julio me hizo tres preguntas sumamente interesantes sobre la acción colectiva en Venezuela luego de los devastadores terremotos del 24 de junio, quedando para esta segunda entrega la respuesta relacionada con sus observaciones sobre la fe y la popular y cotidiana expresión «gracias a Dios».
Sobre tal expresión, es muy importante distinguir entre la religión como creencia, las iglesias como instituciones, y la religiosidad como estrategia de supervivencia. Veamos.
La fe puede funcionar como un mecanismo proveedor de seguridad emocional. Cuando las estructuras se derrumban, sean las económicas, las políticas, las de seguridad física o el propio Estado en su conjunto, el individuo entra en crisis, debido a la sensación de que el mundo ya no tiene sentido o coherencia.
En ese vacío, la fe actúa como un orden inmutable. No es necesariamente que los venezolanos se hayan vuelto «más religiosos» en términos dogmáticos, sino que la fe pasó de ser una práctica cultural a ser un mecanismo de defensa cognitiva.
Estamos hablando de la teodicea de la supervivencia. En ese sentido, Vanessa acierta cuando dice que hasta quienes lo perdieron todo dan gracias a Dios. Desde la sociología, esto se analiza como un intento de validar la vida frente a la nada.
Dar gracias a Dios en medio de la calamidad es una forma de declarar: «A pesar de la destrucción, el sentido de mi existencia no ha sido aniquilado». Es un acto de resistencia, no de resignación. La fe se convierte en el lenguaje con el que se articula la esperanza cuando el lenguaje político o racional fracasa.
La religión opera como un capital social de consuelo. Históricamente, la religiosidad en Venezuela ha sido un componente muy fuerte del tejido social. Lo que vemos ahora es una intensificación de ese componente.
En un entorno donde las instituciones formales, llámese gobierno, bancos o empresas tardaron en responder a la enorme emergencia, las comunidades de fe se convirtieron en la red de contención principal, a través, por ejemplo, del apoyo emocional o las colectas. Por lo tanto, el «Gracias a Dios» también es un reconocimiento al grupo que sí estuvo ahí cuando el resto del sistema falló.
Desde una mirada sociológica, las preguntas de mi amiga Vane apuntan a la interacción entre la globalización de la ayuda, a través de la cual el mundo vino hacia nosotros, y la localización de la fe, cuando las víctimas se refugiaron en su cosmogonía para no colapsar.
Los venezolanos tenemos más de dos décadas viviendo un proceso de desinstitucionalización total. Ante la ausencia de un Estado capaz de proveer un horizonte de futuro, la sociedad ha tenido que recurrir a dos extremos para poder sobrevivir; por un lado, la red global representada por nuestra diáspora y la ayuda internacional para la supervivencia material, y por otro a la fe – el «gracias a Dios» – para la supervivencia psíquica.
Para un ateo como yo, el fenómeno podría terminar siendo inexplicable, por irracional. Afortunadamente, puedo contar con mis herramientas sociológicas para tratar de darle alguna interpretación.
Desde la sociología de la religión, el recurso constante a la expresión «gracias a Dios» en medio de una catástrofe puede entenderse como la convergencia de tres dimensiones; la tradición cultural, la función social de la religión y los mecanismos de afrontamiento psicológico.
Venezuela, como gran parte de América Latina, ha estado marcada por una fuerte impronta católica y, más recientemente, por la expansión de iglesias evangélicas. La religiosidad popular se expresa en fórmulas cotidianas que naturalizan la referencia a lo divino. Decir «gracias a Dios» no siempre implica un acto consciente de fe, sino una práctica lingüística que refuerza la identidad y la pertenencia cultural.
Según Émile Durkheim, la religión cumple un papel de cohesión social, ofreciendo símbolos compartidos que permiten enfrentar lo inexplicable. En situaciones de desastre, la invocación a Dios actúa como un lenguaje común que une a las víctimas, reduce la sensación de aislamiento y reafirma la pertenencia a una comunidad que comparte creencias y esperanzas.
Max Weber, por su parte, subrayó que la religión ayuda a dotar de sentido a la desgracia. En contextos de pérdida extrema, agradecer a Dios puede parecer paradójico, pero funciona como un mecanismo de resignificación. Se agradece por la vida preservada, por la posibilidad de resistir, o incluso por la esperanza de justicia trascendente. La frase «gracias a Dios» se convierte en un recurso para transformar el dolor en esperanza, evitando caer en un vacío sin sentido.
No se trata únicamente de un escape psicológico, en el caso de nuestra sociedad, la expresión refleja tanto la profunda religiosidad venezolana como la necesidad de un marco simbólico que permita procesar la calamidad. En sociedades donde la fe está muy arraigada, incluso quienes han perdido todo encuentran en la gratitud a Dios un modo de afirmar que la vida, aunque devastada, sigue teniendo un horizonte.
La frase «gracias a Dios» en medio de la tragedia no es un simple reflejo automático ni una negación del dolor. Es la manifestación de una religiosidad culturalmente arraigada que, vista desde la sociología de la religión, cumple funciones de cohesión social, resignificación del sufrimiento y construcción de resiliencia colectiva.
Finalmente, reflexionando sobre las preguntas de Vanessa, y en el intento de responderlas, me abordaron un par más: ¿Qué pasará con este ethos de sobrevivencia cuando la emergencia pase? ¿Esa capacidad de articularse a través de redes globales y de refugiarse en la fe servirá de cimiento para construir una nueva institucionalidad en Venezuela, o simplemente habremos aprendido a vivir en un estado de excepción permanente, en el cual los ciudadanos sencillamente ya no esperamos nada del Estado?
Samuel José Pérez Hermida es sociólogo. Profesor UCV. Jefe (E) del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología.
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