“Esto nos agarró de sorpresa”: Caraqueños buscan comida y medicinas tras los bombardeos
Caracas despertó este 3 de enero con el eco de los bombardeos aún reciente. Desde Catia hasta Petare, los caraqueños hicieron colas para comprar comida y medicinas, mientras el temor a la escasez, los comercios cerrados y una fuerte presencia policial y de colectivos armados marcaban el pulso de la ciudad
Dos hombres encapuchados, con armas largas colgando de sus manos, ocupaban la entrada de un supermercado en Agua Salud, en Catia. La escena marcaba el pulso de una ciudad en tensión. Más adentro, hacia el centro de Caracas, el panorama no era muy distinto. En el mercado municipal de Quinta Crespo, los buhoneros recibían el dólar entre 500 y 600 bolívares, hasta el doble de la tasa oficial del Banco Central de Venezuela. La santamaría estaba cerrada y ellos se habían convertido en la única opción para quienes se habían quedado sin reservas de comida y, tras los bombardeos estadounidenses registrados en la capital la madrugada de este 3 de enero, necesitaban con urgencia llenar sus despensas.
Las colas avanzaban lentamente y, entre murmullos y miradas inquietas, se repetían las mismas frases: “Ya yo he hecho mercado antes para esto, pero nos lo comimos todo porque nunca pasaba”, o “Deberían restringir al menos dos productos de cada cosa, porque hay gente que se está llevando todo. Cuando uno llegue, no va a haber nada”.

En el Gama de Santa Eduvigis, se formó una cola de más de 100 personas. Los compradores salían con los carritos repletos, ya que no había límite en la cantidad de productos que podían llevar.
En ese ir y venir de personas, Antonio Chacón acomodó en la parrillera de su moto un bulto de harina PAN y medio de arroz. No pudo comprar el bulto completo porque el dinero no le alcanzó. Gastó 20.500 bolívares, casi 70 dólares, solo en esos productos. En su casa no quedaban proteínas, pero en el mercado de Catia —donde había más comercios abiertos que en los barrios aledaños— compró lo que pudo. Dijo que le importaban las dos niñas pequeñas que tenía.
A diferencia de lo que circulaba en redes sociales, Chacón describió un ambiente contenido, aunque frágil. “A pesar de las compras nerviosas, veo calma. Decían en redes sociales que venían saqueos, sabotajes, pero veo que la gente está haciendo un esfuerzo para comprar lo que pueden, pues”, comentó.
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Esa calma, sin embargo, se sostenía con dificultad. Muchos negocios apenas despachaban por una ventanita, como si en cualquier momento fueran a volver a bajar la santamaría. En las filas, el miedo se repetía en voz baja: a los saqueos, a que la escasez volviera a instalarse en medio del conflicto. Los puntos de venta funcionaban más lento de lo normal y cada transacción tardaba más de la cuenta, estirando las colas y la paciencia de quienes esperaban.
Antes de irse, Chacón miró el mercado una vez más. “Son imágenes que solo había visto en películas. Nunca pensé que nos fueran a pasar a nosotros. Yo no veo necesario ni justificable que EEUU tenga que bombardear nuestro país”, dijo. Luego encendió la moto y tomó la carretera vieja Caracas–La Guaira, donde iba a llevar los insumos para sus hijas. “Ahorita me toca ingeniármelas para llegar, porque estaba cerrado”.

Cinco horas esperando para comprar un remedio
Carlos Pereira es hipertenso, tiene 57 años y vive en la avenida principal de La Carlota, una zona donde las explosiones se escucharon con mayor intensidad por la cercanía de un aeropuerto militar que fue atacado. Necesitaba Concor de 2,5 miligramos. Estaba agitado, tanto por su condición como por los videos que había visto en Instagram, donde se aseguraba que en un Farmatodo de Valencia los anaqueles se habían vaciado. No sabía si era cierto, pero decidió no esperar.
Salió de su casa a las 5:30 de la mañana. Una hora después llegó al Farmatodo de Santa Eduvigis, en el municipio Sucre del estado Miranda. A las 11:37 aún tenía dos personas por delante antes de ser atendido. En esa sede estaban despachando únicamente por la ventanilla de la autorfarmacia y la gente esperaba de pie. En el Farmatodo ubicado en La Carlota, según pudo constatar TalCual durante un recorrido, permitían el ingreso en grupos reducidos.
“Había una sola persona atendiendo”, dijo. Apenas pasadas las 9:00 de la mañana llegó más personal para apoyar la atención.
En su casa tampoco quedaban harina PAN ni agua potable. “Esto nos agarró de sorpresa. En la casa no tenemos mercado, no tenemos nada. Con mi esposa trabajamos todo diciembre y justo ayer íbamos a salir a hacer mercado, pero llegó visita. Hoy íbamos a hacerlo. Afortunadamente ella entró al LUZ de La Casona y logró comprar algunas cosas”, comentó.
A varios kilómetros de allí, en Catia, Marilyn Pereira enviaba mensajes por el grupo de WhatsApp de su edificio para llamar a la calma. Había salido a recorrer la zona y encontró una farmacia abierta. Allí compró atamel y amoxicilina. “No había mucha cola. Como 30 o 40 personas”, dijo.
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“Trato de mantener la calma e invito a nuestro pueblo a que salga a defender nuestra patria. También estamos haciendo recorridos, un chequeo para ver cómo está la situación. Aquí solamente hay cuatro negocios abiertos. Estoy pasando el mensaje para que la comunidad asista a la farmacia si tiene necesidad de comprar algún medicamento”, señaló.
La presencia de colectivos armados ha sido visible en distintos puntos de la ciudad, especialmente en las entradas hacia zonas populares como Petare y Catia. Patrullas policiales recorrían las calles a intervalos, haciendo sondeos constantes desde sus vehículos. Para muchos ciudadanos, la sola circulación de carros policiales añadía más tensión a una ciudad ya marcada por el miedo, la incertidumbre y la urgencia de resolver lo inmediato.
- Unicentro El Marqués, estado Miranda.
- En la calle principal de Ruperto Lugo, Catia, apenas cuatro negocios abrieron.
- El dólar en Catia se estaba recibiendo en 500 bolívares.
- Los buhoneros eran la única opción de compra en Quinta Crespo.
- Cerca de Plaza Catia, un solo negocio despachaba proteína.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.










