Yo también le dije adiós a Joaquín
Cuando la música comenzó a borbotear desde aquel escenario, se sabía que era la última vez que aquella ciudad escucharía esas canciones con su intérprete original. Y con la ciudad, nosotros quienes estuvimos entre quienes vivimos para cantarlo. Así ocurrió 72 veces durante 2025, las que Joaquín Sabina subió a tarimas para decir, una y otra vez, «Hola y adiós», como tituló su gira de despedida.
Cada pieza fue entregada con solemnidad. Cada línea fue ejecutada con amor. Como el que le tiene el de Úbeda al castellano, como quienes le tenemos sus seguidores a sus poemas. Porque Joaquín lo negó todo, aquellos polvos y estos lodos, pero jamás podrá renegar de su propio rol como impulsor de una lengua.
En Nueva York lo admitió. Esa Gran Manzana donde sin necesidad de cambiar de idioma conquistó un público multicultural, multinacional y expuesto a todos los estímulos de una ciudad que puede ser cielo e infierno de manera indistinta.
«Lo más emocionante para mi no es estar tocando en la capital del mundo, sino que en la capital del mundo haya sitio para nosotros, ese público latino que tiene la misma patria que yo, porque la patria de mis canciones no es un territorio, es una lengua en la que nos entendemos todos», dijo desde su taburete. El mismo que le sintió acomodarse el agradecimiento al admitir que a pocas cuadras Bob Dylan se presentaba en el Beacon Theater.
Su última vez en Nueva York se vistió de «Calle Melancolía», de «Ojos de gata», de «Peces de ciudad», de «Contigo». Y de homenajes, a Chavela, a Javier Krahe, a la recordada Mandrágora, a la Magdalena, a que nos dieron las diez.
En el Madison Square Garden fue su despedida neoyorkina, que estuvo a reventar. Sus ojos, brillantes, ilusionados, emocionados y húmedos hicieron contacto con las lágrimas de mármol del respetable. Esas que brotaron acompasadas a varios de los números de la velada, conectadas especialmente a aquella idea de los trenes que iban hacia el norte… cuando todos éramos más jóvenes.
Sabina tiene 76 años. Los cumplió en plena gira de conciertos, en los cuales incluyó piezas de sus albores, esas canciones que él mismo calificó de oxidadas y casi olvidadas (por él mismo). Por eso su voz no es la misma, es peor, pero también más rotunda y emocionante, vulnerable quizá. Y aún así aguantó una veintena de piezas por cada vez –sin contar las que dejó a cargo de sus compañeros en el escenario, para dejar que otros labios besaran sus letras–, incluyendo la versión movida, rockera, energizada de «Princesa» para cerrar cada velada con un mensaje: ese es el fuego que llevo dentro.
El concierto en Nueva York ocurrió a finales de marzo de 2025. Luego hubo muchas más fechas, hasta finales de noviembre cuando Joaquín Sabina saludó con su bombín «el último concierto de mi vida», en Madrid. La grabación de esa presentación, que seguro eventualmente será publicada en video, fue transmitida este 2 de enero de 2026 por TVE. Entonces estas líneas tardías encontraron de nuevo razón de ser: agradecerle al maestro conducirnos una y otra vez por un boulevard de sueños rotos, tan solo para salvarnos cada 19 días y 500 noches, después.
En una entrevista con Esquire, Sabina dijo que se despide «no por falta de ganas, sino por ganas de estar en mi casa y porque creo que ya no le debo nada a nadie, ni siquiera a mí mismo». A sus 76 años, siente que ha entregado lo suficiente y que su legado, esas 25 canciones que él considera inmortales e incluyó en su repertorio final, hablarán por él en el futuro. Se quedó corto.
Gracias, Joaquín. Inolvidable.
PS: Joaquín Sabina protagoniza un estupendo documental titulado Sintiéndolo mucho, que tiene una pieza homónima construída por el poeta junto al genial Leiva. Su último sencillo –¿por ahora?– es «Un último vals», una despedida canalla, autorreferencial y llena de amistad (vean el videoclip).
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