¿Por qué los adultos mayores son el grueso de la lucha salarial en Venezuela?
«Pensiones dignas» no son sólo una demanda económica sino la causa de la postergación de la salida de quienes ya deberían haber cumplido su ciclo productivo, pero siguen en las calles, además de protestando, trabajando, para poder conseguir lo que el Estado les adeuda: dignidad a través de empleos informales y mal remunerados
En el país, la lucha por el salario tiene canas, arrugas y hambre, pero no cansancio. Los jubilados y pensionados encabezaron una marcha sitiada por cientos de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia Nacional en los alrededores de la plaza Morelos de Caracas. Frente a ellos no había disturbios ni encapuchados, sólo adultos mayores con reclamos, ollas vacías, pitos, banderas y pancartas; una de ellas resumía con precisión el escenario de hoy: «La encargada de Venezuela reprime a las personas de la tercera edad».
«Esto que estamos viendo es inaudito. Una cantidad de adultos mayores protestando por el derecho al salario digno y llegamos y aquí hay como 500 policías. La protesta es un derecho consagrado en la Constitución. Salimos a la calle porque eso no se aguanta», dice Humberto Grubiza, de 65 años.
Y su frase no es una excepción, sino un clamor que se repite entre todos los que han tenido que reconfigurar su propia vejez en torno a unos ingresos miserables. El salario no alcanza y se ha convertido en un monto simbólico que al día de hoy se mantiene en $0,26 porque el gobierno, en la antesala al Día del Trabajador, como ya es costumbre hacerlo desde hace cuatro años, aumentó el bono, pero no el salario.
En el país, más de la mitad de los adultos mayores han reducido sus porciones de comida y 32% ha incorporado a su dieta alimentos de bajo costo, como vísceras, piel o huesos, según la Evaluación sobre las Condiciones de Vida y Salud de las Personas Mayores en Venezuela, de Convite. La misma organización documenta que 51% de este grupo poblacional ha dejado de tener meriendas y extraña las chucherías que alguna vez pudo comprar. Hoy con su pensión apenas dos caramelos podrían pagar.
Esos datos en la protesta se representaron en objetos: en una olla y un tenedor de aluminio que, tomados por las manos desgastadas de una anciana, retumbaban en los oídos de los protestantes, al ritmo de «Delcy, arranca, Venezuela no te aguanta».
Aurora Lubina, de 64 años, la sostenía, pero no era únicamente un símbolo abstracto sino más bien su argumento. «Sólo quiero llenar mi barriguita», dijo, mientras que con tristeza pensaba que ella, al igual que algunos otros, aunque con hambre, salía a «defender lo que todos los venezolanos necesitamos… la comida».
«Esta olla representa nuestro país. Así está, en la miseria. La única forma de nosotros llegar a la libertad es que vengan elecciones ya. Porque, vamos a estar claros, mientras esta gente siga en el poder, nunca vamos a lograr nada», soltó, antes de que su voz se quebrara. Y sí, reconoce que la mueve el hambre, pero también el «hambre de la libertad», porque al alcanzarla regresará su hijo. O, al menos, es ese el deseo de su corazón.

Su partida, al igual que la del millón de jóvenes que dejó el país entre 2015 y 2021, según las Naciones Unidas, es, para ella, la razón por la que, en la Venezuela post Maduro, en la calle siguen teniendo un lugar protagónico quienes cumplieron sus 25 años de servicio para el Estado y ya no están activos en el sistema. Participan en un ciclo de protestas que ya no les corresponde, pero que asumen ante la ausencia de una generación de relevo, una asuencia que no pasa bajo la mesa porque no es únicamente demográfica, también, además de migratoria, es política y social.
«Estos 26 años fueron destruyendo los relevos. La conciencia queda en las personas ya mayores porque hemos visto cómo nos han ido quitando los derechos, todo», sostiene Grubiza, cuyo pensamiento ahonda en la idea de que al no haber los jóvenes recibido los beneficios de un sistema de protección social que alguna vez funcionó, no saldrán a defender lo que se perdió y no vieron.
Paola Fernández, por ejemplo, tiene 70 años y dice llevar 22 protestando. Ha marchado por salarios, por mejores hospitales, medicionas y pensiones.
«A los estudiantes, les digo, por favor, avóquense a esto. Es de todos». No está cansada, dice firmemente, porque para ella su medida de tiempo no se ve en sus cabellos color plata sino en la meta que espera cumplir: hacer que el salario lo equiparen a la canasta básica de alimentación, que ronda los $700.
«¿Cómo es posible que llegaron los medicamentos y no se ven? Estamos peor que nunca y la ONU no dice nada». Saldré hasta que logremos lo que tengamos que lograr. Yo soy una persona enferma. Cada tratamiento me vale 9.000 y 10.000 bolívares», expone Fernández.
El anuncio de Delcy Rodríguez, en el que llevó a 70 dólares las pensiones, probablemente hará que la señora Fernández vuelva a la calle. Tal vez ya no a la avenida México, ya no de la plaza Morelos, sino aquellas a donde convoquen los movimientos sindicales. Porque en el país, el salario no es sólo una demanda económica sino una postergación de la salida de quienes ya deberían haber cumplido su ciclo productivo, pero siguen en las calles, además de protestando, trabajando, incluso informalmente, para conseguir lo que el Estado les adeuda: dignidad, salud y alimentación.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.






