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Ética del Encuentro, por Rafael A. Sanabria M.



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Democracia, diálogo y razón compartida: una defensa ética
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Rafael A. Sanabria M. | febrero 12, 2026

Correo: [email protected]


​La modernidad tardía nos ha legado una paradoja ontológica: un despliegue tecnológico sin precedentes que coexiste con una atomización social asfixiante. El tejido social —entendido como el entramado sistémico de vínculos, normas consuetudinarias y capital relacional que sustenta la estructura del colectivo— exhibe hoy fracturas profundas que erosionan la estabilidad democrática. La polarización ideológica, la desigualdad estructural y la paulatina degradación de la esfera pública han transmutado la figura del «otro» en una entidad ajena o, en el peor de los escenarios, en una amenaza existencial.

Ante este panorama, cabe preguntarnos: ¿En qué medida nuestras interacciones cotidianas están orientadas a reconocer la humanidad del otro, o nos hemos convertido en meros nodos aislados que solo buscan la validación de sus propios sesgos?

​Para desentrañar la complejidad de este fenómeno, resulta imperativo remitirse a la noción de capital social de Robert Putnam. El debilitamiento de los lazos de «puente» (bridging social capital) —aquellos que nos vinculan con sectores ajenos a nuestra identidad inmediata— ha generado sociedades endogámicas y fragmentadas. Cuando el tejido social se rompe, se anula la capacidad de acción colectiva; la desconfianza se convierte en la norma y el individualismo sustituye al compromiso con el bien común. Esta erosión no es un accidente, sino el resultado de décadas de competencia sobre colaboración. Por ello, la reconstrucción requiere una arquitectura de micropolíticas de la cotidianidad: es en la calle, en la plaza y en el encuentro vecinal donde se deben ensayar las nuevas formas de habitar la diferencia.

Surge aquí una interrogante necesaria: ¿Estamos dispuestos a sacrificar la comodidad de nuestras burbujas ideológicas para reconstruir los espacios de confianza con quienes piensan distinto?

​La convivencia, aprehendida desde una ética de la alteridad, constituye la praxis transformadora capaz de suturar estas fracturas. No se trata simplemente de evitar el conflicto, sino de reconocer la legitimidad del prójimo como interlocutor válido. Esta reconstrucción implica tres pilares fundamentales: la recuperación del diálogo deliberativo frente al monólogo de las cámaras de eco digitales; la revalorización de lo público como el telar donde se teje la comunidad —espacios que mitigan la segregación—; y una justicia restaurativa que reconozca que no hay convivencia posible sin una memoria histórica que repare los agravios del pasado. Ante esto, debemos cuestionarnos: ¿Es nuestra participación en lo público un ejercicio de construcción comunitaria, o habitamos el espacio común como extraños que solo comparten una geografía accidental?

*Lea también: Gestos, actitudes, palabras y actos ejemplarizantes nefastos, por Manuel Alcántara

Finalmente, el futuro se articula a través de los hilos de la reciprocidad y el reconocimiento de nuestra interdependencia. Debemos transitar de un modelo de competitividad excluyente a uno de colaboración solidaria, lo cual exige una ciudadanía que trascienda la mera coexistencia y se enfoque en la formación de una empatía cognitiva profunda. La convivencia es el único aglutinante capaz de rearmar una sociedad fragmentada. Si no somos capaces de reconstruir estos vínculos desde la base, cualquier intento de desarrollo será efímero.

Tejer el futuro exige la valentía de reconocer que nuestra supervivencia como colectivo depende, irremediablemente, de la solidez del nudo que nos une al otro. Una última reflexión queda pendiente: ¿Qué hilo estamos aportando hoy para que el tejido de mañana sea más resistente que el que hoy se desgarra?

 

Rafael Antonio Sanabria Martínez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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