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Esther y el mar, por Javier Conde



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Javier COnde divagaciones esther
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Javier Conde | @jconde64 | mayo 30, 2026

Twitter: @jconde64


El mar se olía desde la ventana de la cocina de la casa de Paredes, el pueblo donde nacimos. El oleaje del mar deshaciéndose en la orilla se oía desde dentro de su casa en Río Caribe, donde vivió más de treinta años. El miércoles al mediodía murió en esta Casa Hogar de esta ciudad a la que llegó –llegamos– el penúltimo día de 1964, y su primera mirada fue ese mar Caribe cercano al aeropuerto que le debió remover los recuerdos, pero solo por un instante porque no era mujer de nostalgias.

María Esther Conde, viuda de Contreras, como consta en su cédula y como le gustaría que se le nombrara, fue una buena persona. Trabajadora invencible, solidaria, alegre, activa e inquieta, avispada, deseosa de saber, creyente y solidaria.

La décima de once hermanos, los hijos de Pepa y Emilio, que emigraron en su mayoría, para criar a sus hijos, educarlos, hacerlos gente de bien. Esther nació en el año 29 del siglo pasado, era muy niña cuando comenzó la Guerra Civil –incivil– en España, y lo seguía siendo cuando su padre fue encarcelado. Lo adoraba y en el cuarto que ocupó en la Casa Hogar tenía su retrato colgado en la pared. Fue él, Emilio, cantero divertido, librepensador y saxofonista, quien le dijo: «estudia a tu hijo».

Podía hacer un sweater de la noche a la mañana para llevar a su hijo a una fiesta de pueblo y que estuviera bien vestidito. Por llevarlo así, al pequeño le negaron un día un regalo en la escuela porque no era un niño pobre. Pero ella lo tomó de la mano y se plantó frente al profesor para reclamar, en aquellos tiempos en que tal cosa estaba mal vista y se castigaba.

Mujer de temple, nunca paró. Hasta el miércoles de esta semana, un día después de sus 96 años y medio de vida. Frente a ella estaba Nohelia, que la ha cuidado con esmero y cariño durante esos últimos años. Abrió los ojos, sonrió, habló…y ese fue su adiós.

Quiero agradecer a la Casa Hogar San José, de los Dos Caminos, a todas las hermanas, a todo el personal, por la atención que le brindaron. A Nohelia, mi cariño por siempre. También a mi prima Irene y a Alberto Cifuentes que fueron decisivos para que mi mamá pudiera vivir aquí y vivir bien, integrada, feliz, despreocupada, inquieta sí, tanto como alegre. Al doctor César, que el miércoles, me dijo que Esther lo había tratado como si fuera un familiar. Muchas gracias doctor por la atención que siempre le prestó.

Esther fue una mujer de mar y también de tierra. Desde muy joven iba al mar a unos cientos de metros de la casa a hurgar en los escondrijos de las almejas en la arena cuando la ría bajaba. Llenaba un par de cubos, vendía su contenido en el muelle y siempre llevaba para poner en la mesa.

En Río Caribe tuvo unos peñeros bautizados con los nombres de sus nietos, Manuel y Rocío, y de su sobrina nieta Gabriela. Los peñeros salían a pescar en las primeras horas de la madrugada. Quien la visitó en su casa frente al mar, nunca se fue sin alimento, que preparaba en un dos por tres.

Esther se fue. Es un decir nada más. Porque navega con viento a favor en los recuerdos de sus nietos –Manuel y Rocío–, y aunque no conoció a la pequeña Lucía, ella también sabrá de sus hazañas, y heredará su planta de mujer íntegra.

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Toda su familia en Galicia, que es muy numerosa, también en Brasil y su sobrino César en Venezuela y quienes la conocieron la despiden con amor.

Y yo, su hijo, le seguiré mandando un beso todas las noches al retrato que tengo en el pasillo de entrada de donde vivo. En la foto que puede ser de los primeros años de los sesenta, con el mar, siempre el mar, de fondo, ella me mira y me escucha. (Galicia, 28 de mayo de 2026)

 

Javier Conde es periodista hispano venezolano y es articulista

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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